Soledad y María-Manuela se habían sentado de nuevo bajo la parra, que formaba en verano fresco y deleitoso túnel. Como ahora se hallaba desprovista de pámpanos, habían echado por encima algunas sábanas para guardarse del sol de Febrero que ya quemaba. Á las dos mujeres se habían agregado algunas otras y les hacían compañía Antonio, Frasquito, Manolo Uceda y algún otro joven. Hallábanse charlando tranquilamente cuando, rompiendo por entre los grupos con señales de agitación en el rostro, apareció el señor Rafael.

—¿Dónde está mi sobrino? ¿Dónde está ése?—venía preguntando en voz alta.

Y así que llegó á la parra y le divisó, acercóse rápidamente á él y le dió un estrecho abrazo.

—¿Qué ocurre?—¿Qué ha sucedido?—¿Qué albricias son esas?—preguntaron todos picados por la curiosidad.

Pero el señor Rafael, sin hacer caso, seguía estrechando entre sus brazos y dando afectuosas palmaditas en la espalda á su sobrino, quien no correspondía en modo alguno á tales demostraciones de cariño, antes procuraba zafarse, mostrando un semblante fruncido que daba miedo. Al cabo el viejo le dejó libre y, echando atrás dos pasos y dirigiéndose á los concurrentes con su voz ronca y su ceceo de andaluz cerrado, exclamó:

—¡Miren ustedes á ése! ¡mírenlo ustedes bien!... ¿Á que no saben ustedes lo que ha hecho? Voy á contarlo mas que se ponga colorao... porque sí... porque las cosas buenas deben decirse y las malas callarse... Han de saber ustedes que ése y yo hemos estado anoche en la Palma de Londillo á comer un guiso de almejas y unas aceitunas... ¡Vaya una noticia de importancia! dirán ustedes... Ya lo sé que nada tiene de particular; pero vamos al caso. El caso fué que nos marchamos sin pagar. Tampoco esto vale la pena de que se fijen ustedes, porque muchas veces nos ha pasao lo mismo. Pero ahora viene lo mejor. Acabo de dar una vuelta por allá, y pregunto: «¿Cuánto es el gasto de anoche?—Ya está pagado me contestaron.—¿Cómo? ¿Quién lo ha pagado?—Pues su sobrino.—¡Vamos, niño, no gastes guasa!—Que sí, señor Rafael, que lo ha pagado.—¿Cuándo?—Esta mañana ha pasado por aquí y ha hecho la cuenta...» Y efectivamente, señores, me enseñaron el libro y estaba borrada la partida. ¡Ese! ¡ese que está ahí la ha mandao borrar!

Las últimas palabras del viejo apenas pudieron oirse. Tal fué la algazara que había levantado su discurso.

—¡Tío! ¡tío!—exclamó Frasquito rojo de cólera.—¡No tenga usted tanta guasa!...

—Pero, hijo, ¿quieres que diga que estuvo mal hecho?... Lo diré, si te empeñas; pero nadie me creerá.

—¡Tío, ya le he dicho más de cien veces que la hora menos pensada le falto á usted al respeto!