—Oye, guasón, á mí no me digas eso—respondió María, preparada á encolerizarse.
—Que sí, que no eres más que femenina te digo... y todas tus hermanas lo mismo.
—¡Házmelo bueno arrastrao! ¡házmelo bueno!
—Cuando quieras—replicaba él con firmeza, y añadía con énfasis:—Y tu madre igual...
—¡Á mi madre no la toques, sin vergüenza porque vamos á salir mal!
—¡Todas! ¡todas lo mismo!—replicaba Antonio con el mayor desprecio, volviéndose á los circunstantes que estallaban de risa.
—¡Mira, Antonio, no me sofoques! Mira que tengo la sangre más negra ya que mis zapatos y no respondo de mí—decía ella con los labios pálidos, temblando de ira.
—Lo digo y lo repito aquí y en todas partes. ¡Tu madre femenina!... ¡y tu padre masculino!
El furor de María-Manuela no tuvo límites al oir el nombre de su padre.
—¿Á mi padre también, canalla? ¿Á mi padre también?