Y quiso arrojarse sobre su amante; pero los amigos se lo impidieron. Cuando al cabo le explicaron el significado de los vocablos que creía ultrajantes quedó repentinamente en calma, y echando una mirada torva á su querido le dijo:
—¡Anda tú, malaje, que tienes sombra de jiguera negra!
Velázquez se había acercado á un grupo de muchachas y departía con ellas regocijadamente. Soledad lo vió al principio con indiferencia; pero la alegría de las chavalas al cabo fué tan ostentosa, sus carcajadas tan repetidas y sonoras, que concluyeron por crisparla. Sintió la mordedura de los celos, y sin prever las consecuencias se acercó al grupo y mostrando semblante alegre quiso tomar parte también en la jarana. Este paso fué la gota que hizo rebosar el coraje de Velázquez, demasiado tiempo comprimido. Volvióse hacia ella y con gesto desabrido le preguntó:
—¿Qué se le ha perdido á usted aquí, niña?
Era costumbre fatal del guapo tratarla de usted cuando estaba enojado, para hacer más ostensible su desdén. El tratamiento, la burla que envolvía la pregunta y la presencia de las jóvenes, sobre todo, hirieron de tal modo á Soledad, que permaneció clavada al suelo sin acertar á responder. Vencida al cabo, en parte, su confusión por un supremo esfuerzo, dijo con voz apagada:
—Vengo á preguntarte si quieres que nos vayamos... Pronto serán las cinco...
—Usted se puede ir cuando guste. Yo me encuentro muy retebién aquí.
Guardó silencio la joven y bajó los ojos, dudando qué partido tomar. Pero al levantarlos vió pintada en el rostro de las jóvenes presentes una sonrisa de burla. Su orgullo se embraveció súbito con tan cruel espuela. Alzó la cabeza de un modo arrogante y dijo con voz firme:
—Está bien. Quede usted con Dios, y gracias por la galantería.
Velázquez, enfurecido por la ironía de estas palabras, replicó riendo sarcásticamente: