—Anda tú con él, hija, y ten mucho cuidado de no caerte de simple.

—Más vale caerse de simple que de fanfarria—dijo ella mirándole cara á cara.

El majo se puso encendido hasta las orejas.

—¿Cuánto vamos á apostar, niña, á que no te vas á casa tan sana como has venido?

—No apuesto nada: para esa hazaña y otras menores sé yo que eres capaz.

Pintóse un furor rabioso en el rostro de Velázquez al escuchar estas palabras insolentes; alzó el bastón que llevaba en la mano y cruzó con él las espaldas de su querida, que estaba ya medio vuelta para irse. Y hubiera seguido golpeándola si los concurrentes no se hubieran apresurado á interponerse. Todos le recriminaron aquel acto de barbarie. Pero el majo no escuchaba sus amistosas reprensiones; poseído de una cólera ciega, trataba de desasirse, y no pudiendo conseguirlo, la saciaba con feroces insultos y amenazas.

—Dejad, dejad que le pise la cara á esa tía deslenguada... Quiero que se acuerde de mí toda la vida... ¿Os habéis figurao que voy á dejarme insultar delante de personas regulares por una cualquier cosa á quien he recogido en medio de la calle?...

—Vamos, Velázquez, no sueltes cosas que te pueden pesar... Estás acalorao y no sabes tú mismo lo que dices... Cálmate, que estos arrechuchos entre dos que se quieren no tienen importancia—manifestó sensatamente el señor Rafael.

—¿Quién? ¿yo querer á esa mujer?... ¡Si me sofoca ya más que un día de levante!... Si tengo más ganas de soltarla que del premio gordo de la lotería... Porque me carga, ¡ea!... porque me revienta... y está dicho...

Y de esta suerte prosiguió todavía dejando caer otras pesadísimas palabras.