—¿No lo ves? El baúl—replicó ella con voz firme sin volver la cabeza.

El guapo quedó suspenso un instante.

—¿Para marcharte?

—Eso mismo.

Nueva pausa.

—Bien, hija. Vete bendita de Dios—replicó al cabo girando sobre los talones y encaminándose de nuevo á su cuarto. Sentóse á la mesa y otra vez comenzó á trasladar partidas y confrontar sumas. Pero si antes le costaba trabajo concentrar su atención, ahora le fué del todo imposible; de tal suerte, que á los pocos minutos dejó la pluma descansar, metió las manos en los bolsillos y se recostó en la silla, quedando inmóvil con los ojos en la pared. Llegaban á sus oídos los ruidos de la tienda, pero no los percibía; en cambio notaba perfectamente las vueltas que Soledad daba por la casa buscando sus enseres. Al cabo de rato largo apareció ésta y le dijo desde la puerta:

—¿Quiere usted venir á ver el baúl?

—¿Para qué?

—Para saber si me llevo algo que le pertenezca.

—No, hija, no; ya sé que no te llevas nada... y si quieres llevártelo puedes hacerlo: todo está á tu disposición.