—Muchas gracias. Adiós—respondió volviéndose.
Cuando ya había dado tres ó cuatro pasos, Velázquez la llamó.
—¿Qué se le ofrecía á usted?—preguntó ella quedándose á la puerta.
—Acércate, hija, que no vamos á hablar á gritos.
Soledad, de mala gana, dió algunos pasos hacia él.
—¿Qué arrechucho es el que te ha cogido, niña?—preguntóle riendo.
Soledad alzó los hombros con desdén y profirió gravemente:
—Hágame usted el favor de decirme lo que se le ofrece, que tengo prisa.
—Pues nada más sino que eres una tonta rematada, y que por esta simpleza que estás haciendo merecías que me enfadase y te calentase la cara—manifestó Velázquez sin dejar de sonreir.