—Está bien. Adiós.

Y de nuevo se volvió para irse. Pero Velázquez la retuvo tomándole una mano.

—Vamos, niña, no te pongas guasona; no vayamos á enredar el asunto más de lo que está. Me has dicho una simpleza, te he pegado un palo... Corriente... ya no hay que hablar del asunto... ¿Pasó?... Pasó.

La joven se desprendió con un fuerte tirón y repitió con acento aún más grave y displicente:

—Está bien. Adiós.

Los ojos del guapo relampaguearon. Se alzó de la silla y, acercando su rostro al de la joven, le dijo con frase lenta y amenazadora:

—¿Sabes, chiquilla, que ya me voy atufando, y que si llegas á sacarme de mis casillas habrá que sentir?

—Lo sentiré por última vez, te lo juro. Pégame, mátame... aprovéchate ahora, porque en cuanto ponga el pie en la calle se concluyó todo.

El guapo la miró fijamente y en silencio. Al cabo soltó una carcajada.

—¡Pero niña! ¿qué mosca te ha picado hoy?