En cuanto abrió la puerta y puso el pie dentro la vió. Estaba sentada cerca del mostrador con su amiga María y otra mujer, Antonio y otro hombre. Llevaba dominó negro y se había quitado la careta. Sus ojos se encontraron, pero ella apartó los suyos vivamente y por su hermoso rostro sonriente se esparció una nube sombría. Velázquez vaciló unos instantes, pero al fin se decidió á acercase á la mesa haciendo un gran esfuerzo sobre sí mismo para aparecer sereno.
—Á la paz de Dios, señores.
Soledad no respondió. Los demás, que no le habían visto, levantaron la cabeza sorprendidos y saludaron.
—¿Tú por aquí á estas horas, gachó? ¿Qué milagro es éste?—dijo Antoñico con intención burlona y malévola que hizo dar un vuelco á la sangre del guapo.
¡Con qué placer le hubiera estampado la botella en la cara! Se contuvo, esperando que algún día se las pagaría aquel sinvergüenza, y adoptando un tono desenfadado explicó su aparición. Salía del baile, donde se había aburrido como un perro en misa y, sintiendo sed, se había metido en el café á tomar una limonada. Y al decir esto batió las palmas y se la pidió al mozo.
—Sí, ya sé que has estado en el baile—replicó Antonio con la misma sonrisilla guasona.
Velázquez mintió; dijo que había recorrido antes otros dos, y que en ellos había bailado; pero aunque tenía por cierto que la vecina se lo diría, no tuvo valor para confesar que había estado antes en su casa, esperando que de aquella conferencia saldría algo que evitase tal humillación. Y estuvo arrogante y oportuno, como en sus horas más felices, cuando se hallaba delante de mujeres que se proponía cautivar. Antonio llegó á dudar, viéndole tan despreocupado, si serían ciertas sus explicaciones y habría entrado allí por casualidad. Ni una sola vez volvió los ojos hacia Soledad, cerca de la cual estaba sentado; pero, sin mirarla, veía su semblante hosco y su entrecejo fruncido. La joven permanecía rígida y silenciosa: los esfuerzos del guapo no lograban desarrugarla.
Al fin se decidieron á retirarse. Velázquez había prevenido al mozo con una seña, y al pedir la cuenta se encontró con que ya estaba pagada. Soledad hizo un movimiento de impaciencia y disgusto, que no pasó desadvertido para el guapo. Pero Antonio halló el paso muy delicado y se puso de mejor humor. Salieron á la calle. Las tres mujeres se habían cogido del brazo; los hombres marchaban delante. Mas Velázquez maniobró hábilmente para quedarse rezagado y se volvió al lado de Soledad, que daba la acera á las otras dos. Al cabo de un rato de silencio dijo en voz baja:
—¿Te has divertido en el baile?
—Sí—respondió la joven secamente sin volver la cabeza.