Después de otra pausa volvió á preguntar tímidamente:
—¿Has bailado mucho?
—No—respondió con la misma sequedad.
Nuevo silencio, durante el cual el majo estrujaba su inteligencia buscando medio de pasar á la conversación que deseaba.
—Te he visto y te he reconocido perfectamente hace un momento aunque llevases careta—dijo al cabo disimulando inútilmente su emoción.
Soledad no respondió.
—¿Sabes por qué te he conocido?
—No.
—Pues por esos pies menuditos que Dios te ha dado y que no tienen pareja.
—¡Bah!—dejó escapar la joven con indiferencia.