—Dispensa, hija, que no haya venido á buscarte. Me encontré con un antiguo conocido de Jerez, y no tuve más remedio que ofrecerle tu asiento.
Soledad le dirigió una torva mirada de través y guardó silencio. Al cabo de un momento repitió maquinalmente, como si no diese importancia á lo que decía:
—Has perdido poco. El ganado regular, pero los chicos no sé por qué no duermen esta noche en la cárcel... ¡Qué guasa, hija! ¡qué guasa!
La tabernera tampoco despegó los labios. Su rostro estaba sombrío, amenazador. Velázquez se levantó al cabo de la silla y se dirigió hacia ella con sonrisa petulante.
—¿Qué es eso, gitana? ¿Estamos enojados por el lance? Otra corrida vendrá en que no tendré compromisos...
Al mismo tiempo le tomó la barba con la punta de los dedos para acariciarla. Pero ella se sacudió vivamente, exclamando con voz alterada:
—¡Quita allá, mala sangre! Debiera caérsete la cara de vergüenza, ¿y vienes con arrumacos?... Me tienes tan harta, ¡tan harta! que milagro será que sufra tus sandeces mucho tiempo...
El guapo se irguió entonces con arrogancia y respondió fríamente:
—¿Es de veras eso?
—¡Y tan de veras!—exclamó ella mirándole con ojos de indignación.