—Pues, hija mía, no te mortifiques más tiempo... Cuando las cosas no convienen, ya sabes el remedio.
Soledad le miró fijamente y con sorpresa. Resistió el guapo la mirada sin pestañear. Hubo una corta pausa en que ambos trataron de escudriñarse el alma. Al cabo dijo aquélla levantándose:
—Está bien. Lo que ha de ser, cuanto más pronto, mejor.
Y subió á su cuarto con paso firme. Velázquez permaneció en la tienda inmóvil, silencioso, con la vista fija en la puerta por donde había salido. No tardó en presentarse de nuevo con el mantón sobre los hombros, y sin mirarle se dirigió resueltamente á la puerta de la calle. Pero el majo, con rápido ademán, se puso delante, cortándole el paso.
—¡Pero niña! ¿has tomado en serio la broma?—exclamó sonriendo con afectada alegría.—¿Tú no sabes que estamos amarraditos y sentenciados á cadena perpetua?
—¡Quita! ¡quita!—exclamó la joven poniéndole la mano en el pecho para rechazarlo.—Sólo sé que me duele el alma de aguantar tus necedades y que no las aguanto más tiempo.
—No necesitas irte para eso, porque no volveré á decirte ni hacerte nada que te ofenda. Te doy mi palabra. La de esta tarde será la última...
Y siguió cerrándola el paso para que no pudiera alcanzar la puerta.
—Te digo que me dejes Velázquez—repitió con calma y severidad.—Nada adelantarás con retenerme á la fuerza.
Entonces el majo se abatió á las súplicas, á los halagos, empleando los recursos de su ingenio en persuadirla. Todo fué en vano. La irritada joven le escuchaba inflexible y repetía con tenaz resolución: