—No faltaré, preciosa.
—¿A las dos en punto?
—A las dos en punto.
—Llama ahora con un golpe a la puerta.
Cogí la aldaba y di un golpe fuerte. Al poco rato[139] se oyeron los pasos del portero.
—Ahora—dijo en voz bajita y temblorosa—dame un beso y escápate de prisa.
Al mismo tiempo me presentaba su cándida y rosada mejilla. Yo la tomé entre las manos y la apliqué un beso... dos... tres... cuatro... todos los que pude hasta que oí rechinar la llave.[140] Y me alejé a paso largo.
Dejó de hablar D. Ramón.
—¿Y después, qué sucedió?—le pregunté con vivo interés.
—Nada, que aquella noche no pude dormir de remordimientos y al día siguiente tomé el tren para mi pueblo.