Los jóvenes volvieron a sus sitios y se olvidaron al instante del suceso, anudando la rota y alegre conversación. Los viejos siguieron su paseo, haciendo interminables comentarios e infinitas hipótesis acerca de aquella visita inesperada. María continuó obstinadamente pegada a los cristales del balcón, velada a los ojos de sus amigos por las grandes cortinas de damasco.
En el grupo juvenil donde la sensible señorita de Delgado figuraba, contra los deseos vehementemente expresados de Rosarito, que aseguraba sobre su honrada palabra que la citada señorita la había tenido a ella en brazos muchas veces, y que cuando iba a confesarse siendo niña, y la señorita de Delgado se hallaba en casa, le besaba la mano como a una persona mayor, se empezó a discutir con extraordinario fuego acerca de la música. Uno de los mancebos más elegantes, que se había preparado en Madrid para cinco carreras especiales consecutivamente, sostenía la primacía de los maestros alemanes, asegurando que no había óperas como Roberto, Hugonotes y Profeta, ni música sinfónica que pudiera competir con la de Beethoven y Mozart. Las señoras, poderosamente secundadas por los demás hombres, venían por los fueros de la música italiana.
—¡No nos maree usted con sus alemanes, Severino! ¡Vaya una música la de esos señores! ¡A mí me suena lo mismo que una jauría de perros ladrando!
—Eso no es más que al principio; si usted continuase oyéndola, llegaría a tomarle el gusto: sucede lo mismo que con las aceitunas y la cerveza.
—Pues si ha de pasar uno malos ratos antes de acostumbrarse, francamente, no merece la pena. Vea usted cómo con la música italiana no acontece eso y gusta desde el primer día.
—¡Claro, porque la mayor parte de la música italiana no es más que una tonadilla que se acompaña con cuatro guitarras!
—¡Calle usted, hombre, calle usted! No diga usted sacrilegios. ¡Quiere usted comparar ese galimatías que ni ellos mismos entienden con el sublime final de la Lucía o con el aria de tiple de la Favorita, que empieza: «Oh miooo Ferna... a... a... an... do... riii... raaa... ri... ra.., ro... riiira...!»
—¡Ah, si usted hubiera oído el cuarto acto de Hugonotes! ¡Qué música tan dramática! ¡Aquello sí que expresa!... ¡Se le ponen a uno los pelos de punta!... ¡Qué dúo aquel tan grandioso: «La... sciami... paar... tiiir... la... sciami... paar... tiiiir... riira... riri... riri... ra... roo... rir... ra... roo... laa... to... rii... ro... raa...!»
—¿Pero podrá haber nada más dulce que el concertante de la Sonámbula, que empieza: «Tooo... ra... ri... ro... ra... roooo... laa... riii... roo... raa... rora... rooo... tii... ra... ri... roo...?»
—¡No es posible, no es posible!—dijeron varios a un tiempo.