—Sobre todo, la música italiana conmueve el corazón, mientras que la alemana no hace más que aturdir los oídos—apuntó la señorita de Delgado.

—Es verdad—afirmó su hermana la viuda.

—Yo creo—siguió la señorita—que el objeto de la música es conmover..., elevar el alma, hacernos derramar lágrimas..., transportarnos a regiones ideales, lejos del mundo prosaico en que vivimos... Porque la verdad es que la prosa se va apoderando de tal modo de la sociedad que pronto va a parecer ridículo hablar de cosas que no sean materiales y sórdidas.

—Cierto—volvió a afirmar la viuda.

—La música sigue el camino de la prosa como todo lo demás... ¿No oyen ustedes qué tonterías cantan ahora, qué pasacalles tan desabridos? ¡Y gracias que no sea algún trozo indecente de una zarzuela bufa! En las canciones ya no se habla de amor; ya no hay más que frases con doble sentido que ocultan alguna suciedad.

—Creo que usted sabe varias canciones románticas muy lindas y las canta admirablemente—dijo el pollo del pelo por la frente, apercibido como siempre a proporcionar a la tertulia algún nuevo solaz.

—No, señor..., no lo crea usted... Antes cantaba alguna, pero ya se me han olvidado...

—Por mi parte—manifestó el pollo con sonrisa altamente diplomática—y pienso que también por parte de todos estos señores, le agradecería muchísimo que rebuscase en su memoria y nos hiciese conocer alguna..., ¿no es verdad, señores?

—Sí, sí, Margarita, cante usted, por Dios, alguna.

—¡Si no me acuerdo!