—Vamos, ya se acordará usted... Empezando, la irá usted sacando poco a poco.

—Me parece que no podrá ser... Además, yo me las acompañaba con guitarra...

—¿No hay en casa alguna guitarra?—se apresuró a preguntar el pollo, levantándose de su silla.

A la guitarra que trajo Marta le faltaban dos o tres cuerdas y fue menester echárselas, en cuya operación se invirtió algún tiempo. Después se tardó también un poco en templarla. Una vez templada, la señorita de Delgado declaró terminantemente que no cantaría porque no se acordaba de nada. La tertulia se conmovió profundamente y trató con reiteradas súplicas de infundirle un recuerdo fresco de alguna preciosa melodía. Mas como la cantante no abandonaba el instrumento y seguía haciéndole sonar dulcemente, volvieron todos a guardar silencio y a esperar con ansia la canción. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de emitir la primer nota, la sensible señorita hizo nuevas y rotundas declaraciones en el mismo sentido que las primeras, lo cual afligió de tal modo a la tertulia, y en particular al pollo del pelo por la frente, que de buen grado habría concedido a la cantante en aquel momento toda la memoria de que disponía, con tal de que no le dejase en mal lugar. Por último, la señorita fijó los ojos en el techo y, con voz bastante dulce aunque temblorosa, entonó la siguiente canción:

Esperanza halagüeña a mis sentidos,
tú endulzas de mi pena el amargor;
¡ay!, tú no eres un bien imaginario,
eres el bálsamo grato al corazón.
Si lejos de la vista de mi amada
me lleva de los hados el rigor,
tan sólo es la esperanza quien mitiga
mi tormento cruel y mi aflicción.

—¡Bravo!, ¡bravo!—¡Qué bonita!—¡Qué dulce!—¡Qué melancólica!—Siga usted, por Dios, Margarita, siga usted.

La señorita de Delgado siguió de esta manera:

Si recuerdo en la noche solitaria
el nombre de la prenda de mi amor,
se presenta hechicera a mi memoria
la imagen de su rostro encantador:
y tú eres, esperanza, quien me anuncia
que amante corresponde a mi pasión,
y sólo tu dulzura es quien mitiga
mi tormento cruel y mi aflicción.

Al llegar a este punto y cuando el auditorio se preparaba a saborear las inefables dulzuras de una nueva estrofa, más apasionada tal vez y más patética que las anteriores, cuando la señorita de Delgado apoyaba lánguidamente sus dedos carnosos sobre las cuerdas del instrumento y la cabeza más lánguidamente aun sobre el pecho en testimonio de amargo duelo, acaeció en la casa de los señores de Elorza uno de esos sucesos terribles y extraños, más terribles aun por lo inopinados, a tal punto sorprendentes, que suspenden y cortan por un instante el uso de la palabra; una escena extraordinaria, realizada con tal brevedad que no da tiempo a reflexionar, y deja sumidos a los espectadores en profunda consternación, sin haber podido intervenir en ella.

Abriose con violencia la puerta de la sala, y los ojos de los circunstantes vueltos hacia ella vieron con asombro el rostro pálido de un criado que exclamó dirigiéndose a su amo: