—¡Señor, señor!

—¿Qué ocurre?—preguntó don Mariano con el acento enérgico que emplean los caracteres bien templados cuando adivinan un peligro.

—¡Los soldados están ahí!

—¿Y qué tengo yo que ver con los soldados, majadero?—replicó con voz colérica.

—¡Es... que vienen a prenderle!

—No es verdad—gritó una voz desde el pasillo.

Y al mismo tiempo seis u ocho figuras taparon la puerta por detrás del criado. Los primeros que se dejaron ver fueron un oficial muy joven con un uniforme de marcha y un caballero no muy bien parecido con gabán abrochado y llevando en la mano bastón con borlas.

Por detrás de ellos se veían los roses y los fusiles de algunos soldados. El hombre del bastón, que era al parecer quien había hablado, avanzó dos pasos por la sala y sin quitarse siquiera el sombrero, preguntó a don Mariano con tono áspero:

—¿Es usted don Mariano Elorza?

La mirada del anciano caballero centelleó de indignación.