—Ante todo, quítese usted el sombrero.
El hombre del bastón, un poco cortado por la actitud del caballero y las miradas del concurso, se quitó el sombrero.
—Ahora, ¿qué se le ofrece a usted?
—¿Es usted don Mariano Elorza?
—No; soy el excelentísimo señor don Mariano de Elorza.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
—Bien, dejemos discusiones: traigo orden de prender a su hija doña María.
Toda la energía del señor de Elorza se desvaneció de golpe como una sombra al escuchar estas monstruosas palabras. Quedó algunos momentos extático y petrificado, con la mirada apagada, como el que acaba de ver un milagro y no quiere creer a sus propios ojos. Después, recobrándose súbito, se lanzó sobre el hombre del bastón y sacudiéndole fuertemente por la solapa, le dijo con voz de trueno:
—¿Y quién es usted, insolente, para pensar en cosa semejante?