—Soy el jefe de orden público de la provincia, y le advierto que si usted intenta la menor resistencia, haré uso de la fuerza que traigo.
—¿Está usted bien seguro de que es a mi hija a quien viene usted a prender?
—Sí, señor, traigo orden de prender a la señorita doña María Elorza. Ruego a usted que me la entregue sin pérdida de tiempo.
—Aquí está—dijo María saliendo del hueco del balcón y avanzando hacia el jefe de los esbirros.
—¡Pero eso no puede ser!—rugió de nuevo don Mariano deteniendo a su hija—. ¡Este hombre está loco o viene equivocado!
—¿Está usted dispuesta a seguirme?—preguntó el comisario a la joven.
—Sí, señor—contestó ésta con firmeza.
—Pues vamos.
Don Mariano se llevó las manos al rostro y exclamó con un grito de dolor:
—¡Hija mía de mi alma! ¿Qué has hecho?