¡Venturoso Ricardo; qué otra cosa mejor podía apetecer en aquel momento que verse secuestrado de tan gentil manera! No supo decir palabra en los primeros momentos; embargole la emoción y una lágrima se deslizó por su rostro honrado y varonil.

—¡Oh, María, si supieses qué feliz me haces!—le dijo en voz baja y temblorosa—. Si tú quisieras llevarme, ¿adónde no iría yo contigo? Tú no puedes comprender lo que ansío que me hables, que me sonrías, que me dirijas. Busco con afán los medios de agradarte y no los encuentro. Dime con qué puedo complacerte, con qué puedo deshacer el hielo que seca nuestros amores. Y lo buscaré aunque sea a costa de mi vida. Si no te quisiera más que a ningún otro ser de este mundo, tanto como el recuerdo bendito de mi madre, ¡cuánto tiempo hace que hubiera huido de ti para siempre!... Pero es de tal suerte mi amor, tan poderoso, tan vivo, tan absorbente, que ha logrado concluir con todo mi orgullo... y temo que llegue a concluir con mi dignidad—añadió sordamente.

La joven le miró fijamente, agradecida y admirada de tan sincero cariño, y repuso con jovialidad:

—Por lo pronto, para complacerme, vendrás a misa conmigo, ¿no es verdad?

—Sí, querida mía.

—¿Vendrás mañana también y todos los demás días?

—Sí, hermosa; no deseo otra cosa.

—¡No sabes lo que me alegro, Ricardo!

—¿De veras?

—Sí; te quiero mucho, pero te quiero bueno y piadoso, porque antes que en todo lo demás debemos pensar en nuestra salvación y en hacer el mayor bien que podamos en este mundo.