El joven sintiose en aquel momento enternecido, saboreando las gotas de cariño que su amada dejaba caer sobre sus labios.

Nada hay que haga cambiar tan presto nuestras ideas más arraigadas y nuestros juicios más firmes como la voz de la mujer querida. Ricardo era un creyente tibio, como la generalidad de los hombres en nuestra época, que odiaba las exageraciones y miraba con cierta repugnancia las prácticas religiosas. Pues bien, por arte de encantamiento, esto es, por arte de aquella voz dulce y de aquellos ojos más dulces aún, que le miraban con elocuente expresión, se despojó súbitamente de sus opiniones anticlericales, transformándose en un decidido campeón del altar y en un fervoroso devoto de todos los santos y santas de la corte celestial. Pensó con alegría que lo que su novia ejecutaba, después de todo, nada tenía de censurable; que su piedad y su misticismo eran el reflejo de un noble y elevado espíritu; que esta misma piedad era la prenda más segura de su felicidad conyugal, pues la guardaría de las vanidades a que otras mujeres se entregan después de casadas; que nada tenía de particular que la pobrecita desease que su novio fuese creyente y devoto, dadas sus ideas acerca de la salvación eterna, y que en este concepto él había hecho muy mal en contrariarla de un modo tan obstinado, hiriéndola en lo más vivo de su fe sencilla y admirable. En fin, concluyó por resolver que él era un bárbaro incapaz de sacramentos ni de entender los misterios adorables que puede encerrar un corazón consagrado a Dios, y María una santa que le había sufrido con demasiada paciencia. Penetrado en parte de esta idea y en parte infinitamente más grande de la emoción que le produjo la inesperada ternura de su novia, repuso con acento conmovido:

—Escucha, María..., ya sabes que yo no soy ni he sido nunca un incrédulo... Es verdad que he mirado con cierta tibieza las prácticas religiosas, pero también debes saber que éste es un vicio frecuente en los jóvenes y particularmente entre los militares... Por lo demás, te lo digo con toda la sinceridad de mi alma, jamás me ha abandonado la fe que mi santa madre me inculcó en la niñez. Aun suenan en mis oídos sus consejos y aun podría repetir sin equivocarme la multitud de oraciones que me hacía decir de rodillas sobre la cama a la hora de acostarme... Esto no se puede olvidar, María..., ¡sería un infame si lo olvidase!... Hoy los mismos consejos vuelven a salir de unos labios idolatrados... ¿Cómo quieres que no sea para mí dulce la religión viniendo siempre predicada por los seres a quienes más he querido y respetado en mi vida?... Sí, hermosa mía, soy religioso por nacimiento y por convicción, y espero serlo aún más fervoroso con tu ayuda. Dime lo que quieres que haga en este punto y lo haré... Dime lo que quieres que piense y lo pensaré... Soy todo tuyo, en cuerpo y en alma...

—Así, así te quiero yo... Pero no has de ser piadoso por amor mío, porque entonces no tiene mérito alguno, sino por amor de Dios. Los lazos que en este mundo se establecen, ¿qué valen en comparación del que existe eternamente entre el Criador y las criaturas? Si me quieres mucho, quiéreme en Dios y por Dios, como yo te quiero a ti. De otro modo es pecado fijar nuestra atención y nuestro amor en ninguna criatura.

La emoción y el ardor de Ricardo recibieron un chorrito de agua fría con estas palabras, pero supieron resistirlo sin menoscabo y siguieron apoderados de su corazón hasta que llegaron al pórtico de la iglesia. Allí María le dijo, tomando el agua bendita, que le ofreció con la punta de los dedos.

—Ahora te quedarás debajo del coro a oír la misa; yo me voy a poner cerca del altar. ¡Cuidado que mires para mí una sola vez! Ya comprendes que eso sería profanar el templo y en tal caso más vale que no entres.

—No, no te miraré aunque me cueste mucho trabajo.

—Dame tu palabra de que lo harás así.

—Te la doy.

—Bien, pues, adiós..., hasta luego... Espérame a la salida.