La primogénita de la casa de Elorza, ardentísima devota del culto religioso, entregada con alma y vida a la divina tarea de santificar su espíritu y salvarlo de las garras del pecado, incansable trabajadora del campo de la virtud evangélica, aspirando siempre a una perfección mayor y celosa propagadora de la fe y la piedad, no podía menos de participar de la indignación que ardía en los pechos de las personas con quienes más se relacionaba. A sus oídos llegaba muy aumentado el ruido de los excesos revolucionarios y de las impiedades diariamente vertidas por las hojas periódicas de la capital, aunque ella jamás osaba leerlas. Los confesores le encargaban que rogase a Dios en sus oraciones por el triunfo de la Iglesia y la confusión y arrepentimiento de sus enemigos; las amigas y compañeras de cofradía la solicitaban para que hiciese con ellas novenas de desagravio a la Virgen; en no pocas ocasiones le pidieron limosna para algún sacerdote que yacía en la miseria, y otras veces para las infelices monjas de algún convento arrojadas de él cruelmente para transformarlo en cuartel.
Todas estas cosas iban fomentando en su alma entusiasta y ardiente, a par de un cariño fervoroso a las santas instituciones así perseguidas, profunda aversión a sus perseguidores y a los impíos que gobernaban contra la ley de Dios. Alguna vez, arrastrada de su temperamento impresionable, sintió impulsos vehementes de seguir el ejemplo de Judith, haciendo expiar a algún malvado tan horribles sacrilegios. Quisiera tener en su mano a los perseguidores de Jesús para deshacerlos y convertirlos en polvo. Cuando estos ímpetus crueles la cogían, quedábale siempre una eterna compasión por las inocentes víctimas de las iras de la impiedad, y un vago deseo de contribuir con su sangre al reinado de Jesús y María sobre todas las potestades de la tierra. Sintió que en su corazón nacía un algo que la impulsaba hacia la vida activa, persuadiéndola a que dejase por algún tiempo las dulzuras de la contemplación por los dolores de la lucha, el reposo, por el trabajo, el encanto de la soledad por el tumulto; escuchó, como la esposa del sagrado Cantar, una voz que le decía: «Ábreme, hermana mía, amiga mía, mi paloma, mi inmaculada; porque mi cabeza está llena de rocío y mi cabellera mojada por las gotas de la noche.» Vio claramente que su Jesús padecía por las injusticias de los hombres y que demandaba su concurso, que le pedía una nueva prueba de amor arrancándola al bienestar que disfrutaba y arrojándola en medio de los huracanes del mundo.
Pero la hermosa joven vio al mismo tiempo las enormes dificultades que surgían delante de ella al primer paso que intentara dar, las persecuciones de que sería objeto y lo extravagante que parecería su conducta aun a las personas que la amaban. Comprendió su debilidad, tuvo miedo a los amargos dolores que se le preparaban y respondió como la esposa: «He quitado ya mi túnica; ¿cómo ponérmela otra vez? He lavado mis pies; ¿cómo mancharlos nuevamente?» Largo tiempo estuvo luchando consigo misma para apagar la voz que la llamaba a la vida activa, y convencerse de que ella no serviría de nada a la causa del Señor, pero fue en vano. A todos sus especiosos argumentos contestaba vigorosamente la voz haciéndole presente que no debía preocuparse de si su concurso serviría o no serviría, sino más bien de la voluntad con que lo prestaba; que Dios se complace muchas veces en mostrar su poder encargando la consecución de grandes empresas a una humilde y flaca criatura, de lo cual daban testimonio bien patente la ínclita Juana de Arco, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa y otras egregias vírgenes que realizaron, contra altos poderes de la tierra, obras portentosas.
Un suceso de poca monta vino a decidir a María. Su tío Rodrigo, marqués de Revollar, que era uno de los magnates más importantes de la corte del Pretendiente, teniendo noticia de su acendrada fe y de las relaciones que mantenía con los partidarios de la monarquía católica en Nieva, le escribió desde Bayona preguntándole si se prestaría a servir de intermediario de la correspondencia entre él y don César Pardo, presidente de la junta carlista. María se apresuró a responder que tendría en ello mucho gusto, y desde entonces empezó a recibir con frecuencia cartas de su tío, dentro de las cuales venían otras para don César, que eran, a no dudarlo, el hilo por donde la conspiración carlista de Nieva se anudaba a las altas esferas de donde partían las órdenes. Y sin saber cómo, viose comprometida, sin que de ello le pesara, en la causa de los buenos cristianos que trataban, como a menudo escuchaba en boca de don César y de otros, de volver a Jesús a su santo trono y arrojar de él a la soberbia y la herejía. Lejos, pues, de sentir temor ni pesar por esto, crecieron sus ánimos con el peligro que corría, lo cual fue para ella señal evidente de que el favor del cielo la acompañaba, y enfrascose cada vez más en la empresa de los conspiradores, acudiendo a sus reuniones y sirviéndoles con celo y entusiasmo en todo lo que podía. Cuando la intentona armada de don César, ella fue quien bordó el estandarte y los corazones de franela que los defensores de la fe llevaban cosidos al chaleco. Los conspiradores sentían hacia ella grandísimo respeto por la fama de santidad de que gozaba, y le profesaban profundo cariño por el entusiasmo con que había abrazado su causa. En algunas de sus asambleas, invitada a emitir opinión, lo hizo con tanto ingenio y elocuencia, había tal fuego y al mismo tiempo tanta discreción en sus palabras, que los conjurados vieron en la hermosa joven un ángel enviado por Dios para sostener su fe y hacerles persistir en sus grandes propósitos.
Después del fracaso de don César, los carlistas de Nieva quedaron bastante abatidos, María derramó muchas lágrimas y pidió a Dios con fervor que no hiciesen prevalecer la iniquidad y la mentira sobre su santa ley y se compadeciese de los buenos defensores, desterrados y perseguidos a la sazón. Y, en efecto, Dios, compadecido, permitió que don César y la mayor parte de los jóvenes que con él fueron desterrados a las islas Canarias, se fugasen en un vapor extranjero y volviesen de incógnito a su patria, ocultándose en las casas de los amigos fieles y valerosos. Entonces, los partidarios de la tradición cobraron algunos bríos y tornaron nuevamente a conspirar, si bien vagamente y sin objeto determinado. El objeto no apareció hasta después de algún tiempo en que el bravo y obstinado don César les insinuó la idea de dar un golpe de mano atrevido que los pusiese repentinamente en aptitud de luchar ventajosamente contra la escasa tropa que había en la provincia. El golpe de mano que el valiente cabecilla les propuso, fue nada menos que apoderarse de la Fábrica de armas de Nieva. Al principio pareció a todos desatinado el proyecto, mas poco a poco, a fuerza de dar vueltas a la idea, fueron viéndolo menos inaccesible y hasta empezaron con lentitud y sin gran entusiasmo a preparar los medios de llevarlo a término. Hallándose en tal estado las cosas, una tarde se presentó María en la casa donde don César se ocultaba y quiso hablarle a solas. Lo que la joven le dijo debió ser tan importante y halagüeño, que el viejo cabecilla le dijo con voz conmovida, apretándole la mano y dándole un beso en la frente:
—Hija mía, usted va a ser nuestra salvación. Dios quiere poner en unas manos tan delicadas la suerte de muchos valientes y ¡quién sabe si también el triunfo de la causa!
Volvió a casa la joven y retirose a su cuarto, donde hizo oración largo rato, y después bajó a la habitación de su madre. No tardó Ricardo en llegar, como tenía por costumbre. Después de algunos momentos de conversación general, doña Gertrudis empezó a dormitar y los dos jóvenes se retiraron al hueco de un balcón a decirse los dulces secretos de todos los días, más dulces y más amables cuanto más se repiten. María estaba preocupada. Su novio, con la perspicacia del que ama de veras, lo notó al instante.
—¿Qué tienes hoy?... Parece que estás agitada...
—Me siento triste, Ricardo..., me siento triste como si fuera a sucederme una desgracia.
—Son los nervios que trabajan demasiado en ti, querida. Los ayunos te debilitan mucho. Debieras suspenderlos, así como tantas horas de oración, por algún tiempo... Te están poniendo muy delgada.