—Al contrario, nunca me he sentido tan bien como estos días. No son los nervios, sino una verdadera tristeza... Es el alma quien padece y no el cuerpo.

—¿Pero tienes acaso algún motivo de disgusto?...

—Tengo un presentimiento.

—¡Bah, quién hace caso de presentimientos!

María guardó silencio y Ricardo también. Era la hora del obscurecer. Ambos tenían la vista fija, al través de los cristales, en la gran plaza de Nieva, cercada de soportales, donde los chicos que acababan de salir de la escuela se recreaban corriendo y chillando. El sol se había retirado ya, dejando sobre el tejado de las casas consistoriales un gran pedazo de cielo teñido de leve tinta rosada, que hacia el cenit tomaba matices azules y hacia el horizonte amarillos. Los habitantes de la villa discurrían por las calles evacuando los últimos negocios del día y gozando aquel suave crepúsculo, al que no estaban avezados. Los balcones del café de la Estrella estaban ocupados por algunos parroquianos, que pasaban su errante mirada por los ámbitos de la plaza. En el balcón de la casa de enfrente, un niño de ojos azules y blonda y rizada cabellera se entretenía en arrojar con un canutillo pompas de jabón, que unos cuantos pilluelos desde abajo recibían con no poca algazara, deshaciéndolas con la gorra y el pañuelo.

Al cabo de un rato, María volviose hacia su novio, y posando en él una mirada intensa y ansiosa, le dijo con voz que temblaba:

—Ricardo, ¿me quieres mucho?

—¿Cómo me preguntas eso?... ¿No lo sabes bien?

—Sí, sé que me quieres, me has dado ya pruebas de ello..., pero en el amor, como todo lo que no pasa de este mundo, hay siempre más y menos. Sólo el amor divino es infinito. El que me tienes ha resistido bien a ciertas pruebas; ¡quién sabe si podrá resistir a otras!

—El amor que te tengo—dijo el joven marqués apoyando la mano sobre el corazón—tiene fuerza para resistir a todas las pruebas.