—¿A todas?

—A todas.

—¿Y si yo te pidiese la vida?

—¡Bah, bah!—repuso alzando los hombros con ademán desdeñoso—, eso sería pedir muy poco.

María sonrió con satisfacción, y después de una pausa preguntó tímidamente:

—¿Y si te pidiese el honor..., o lo que vosotros los hombres entendéis por honor?...—añadió corrigiéndose.

Ricardo se puso levemente pálido y tardó algún tiempo en contestar. Al fin dijo en voz más baja y con calma:

—El honor, querida mía, no nos pertenece; es un depósito que el cielo pone en nuestras manos al nacer y del cual nos pide cuenta al morir.

Un relámpago de indignación y desprecio pasó por los ojos de María al escuchar estas palabras.

—¿Y quién os ha dicho a vosotros lo que el cielo os deja y os pide, y por qué mezcláis al cielo en cosas que pertenecen muchas veces al infierno?...