Pero, calmándose inmediatamente y comunicando a sus palabras un tono dulce y persuasivo, añadió:
—Lo que el cielo confía al hombre al nacer nadie puede revelarlo más que la religión, y ésta nos dice que el hombre cifra no pocas veces su honor en lo que debiera considerar como su ruina y perdición... Generalmente, lo que el mundo más aprecia y apetece va contra la ley de Dios. Por eso debemos hacer muy poco caso de ese pretendido honor con que se disfraza el orgullo y la soberbia. El verdadero honor del cristiano consiste únicamente en servir a Dios y cumplir sus santos preceptos... Escucha, Ricardo... Cuando te preguntaba si me amabas mucho es porque tenía necesidad de saberlo..., de saberlo con entera y absoluta certeza... Voy a hacerte una confesión, después de la cual, si eres tan virtuoso y tienes tanta fe como puedo exigir de ti, tal vez me ames más... Si tu fe es tibia y vacilante y pagas tributo a las frívolas consideraciones mundanas, seguramente me amarás menos y quizá llegarás a huirme...
—¡Eso nunca!
—Aguarda un instante... Figúrate que tu novia, desechando y aun violando ciertas reglas que la sociedad exige y traspasando los límites que señala siempre a la mujer, sobre todo cuando es una niña soltera, se mezcla en asuntos puramente varoniles..., por ejemplo, en política... Y no sólo se mezcla con el pensamiento y la palabra, sino que toma en ella una parte activa. Figúrate que entra en una conspiración y trabaja con ahínco para que triunfe su causa... y pone en peligro su vida o su libertad para conseguirlo...
—¿Pero tú?
—Sí—dijo con resolución—; yo estoy unida con toda mi alma a una conspiración..., yo trabajo con todas mis fuerzas por el triunfo de la causa de los buenos. ¡Bien sabe Dios que no me importa nada que gobiernen unos u otros ni me ha arrastrado a tal proceder ninguna consideración terrenal! Pero he visto y estoy viendo maltratada a la religión y sus ministros, estoy viendo en peligro la salvación de muchas almas, veo todos los días al divino Jesús y su dulce nombre escarnecidos por los impíos que mandan casualmente en España, poniéndole una corona de espinas mil veces más dolorosa que la que llevó en Jerusalén... y siento que sus ojos me imploran y escucho su voz celestial que me solicita para que afloje un poco aquella terrible corona... ¿Crees tú que debo posponer los sublimes intereses de la religión, la salud de mi alma y la gloria de Jesús al pueril temor de desagradar al mundo?
—Yo no sé nada—dijo sordamente Ricardo, abismado en profunda meditación.
—¡Ves cómo tenía razón! Ahora que me he confesado contigo y te he dicho mi secreto, ya no me quieres y no tardarás seguramente en alejarte de mí y dejarme abandonada.
La última palabra de la joven hizo levantar vivamente la cabeza a Ricardo, quien, presintiendo algo grave, repuso en tono malhumorado:
—¿Y qué es lo que te ha movido a confiarme todas estas cosas que tanto reservaste hasta ahora?