Ambos guardaron silencio obstinado mirando tristemente al través de los cristales de la gran plaza de Nieva, que las sombras de la noche empezaban a ocultar. Los transeúntes se retiraban a sus casas con paso tardo y perezoso. Algunas luces brillaban ya en el fondo de las viviendas. Los pilluelos, que recibían afanosos las pompas de jabón que el chico de la casa de enfrente les arrojaba, habían desaparecido, y aquél, harto de soplar por el canuto, concluyó por dejarlo en el suelo, así como la taza del agua, poniéndose a hacer muecas a Ricardo y María. Pero éstos, graves y rígidos, no le hicieron caso como otras veces, y el niño, sorprendido de hallarlos tan serios, quedose también inmóvil mirándoles fijamente con sus claros y hermosos ojos de querubín.
XIII
EN QUE SE NARRAN LOS TRABAJOS DE UNA VIRGEN CRISTIANA
El comandante general que la vacilante república española tenía en la provincia de... era bastante bárbaro (dicho sea sin ánimo de inferirle agravio, pues todo hombre tiene derecho a ser lo bárbaro que juzgue conveniente dentro de la sana moral y las buenas costumbres). Lo primero que hizo, así que tuvo noticia por un soplo de que los carlistas de Nieva preparaban una algarada (así la llamaba él) e intentaban nada menos que apoderarse de la Fábrica de armas, fue llamar al comandante Ramírez y decirle:
—Necesito que antes de una hora salga usted con dos compañías y acompañado del inspector de policía para Nieva; y en cuanto llegue usted allá me prenda usted y me traiga amarrados codo con codo, ¿lo entiende usted bien?, amarrados codo con codo, a todos los individuos que van apuntados en ese papel.
—Está bien, mi general.
—Para custodiarlos no hace falta más que media compañía. Usted, con lo restante de la fuerza, se pone a las órdenes del coronel director hasta que yo disponga otra cosa.
—Está bien, mi general.
Cuando el comandante Ramírez, después de hacer su saludo, salía por la puerta del despacho, el brigadier volvió a llamarle.
—Oiga usted, Ramírez, ¿cómo le he dicho que trajese a los presos?