—Amarrados codo con codo, mi general.

—Perfectamente. Vaya usted con Dios.

La noche en que las dos compañías llegaron a Nieva era la señalada por los amigos de don César para dar el grito de guerra y apoderarse de la Fábrica. La conspiración estaba bien tramada. A la una de la madrugada debían reunirse cincuenta hombres en la huerta de un rico hacendado carlista y otros cincuenta en la bodega de otro para proveerse de armas y uniformes. A las dos en punto marcharían todos hacia la Fábrica, cuya guardia, encomendada a la sazón al joven marqués de Peñalta, no pasaba de veinticinco hombres, y la atacarían ostensiblemente por las puertas, mientras otros escalarían por detrás las tapias. Una vez dentro, se apoderarían rápidamente de los fusiles construidaos, cargándolos sobre mulos, que también estaban preparados, pegarían fuego a los talleres y se saldrían a toda prisa de la población. Para cuando fuesen atacados contaban llevar ya quinientos o seiscientos hombres bien provistos de armas y municiones. Don César no dudaba del buen éxito de su atrevida empresa; pero el maldito soplo tradicional en todas las conspiraciones habidas y por haber, vino a dar al traste con los proyectos del bravo caballero.

A las once de la noche el comandante Ramírez y el inspector de policía tenían presos ya a todos los individuos de la junta y a diez o doce de los más caracterizados carlistas de Nieva, los cuales, amarrados y custodiados por media compañía, según las prevenciones del comandante general, esperaban debajo de los soportales del Ayuntamiento la orden de marcha. La única mujer que iba entre ellos era María. En vano don Mariano, con lágrimas en los ojos, suplicó al jefe de la fuerza que le permitiese llevarla en un coche. El comandante Ramírez manifestó que sentía muchísimo no poder complacerle y que lo único que en su obsequio haría era llevarla suelta y aguardar unos instantes a que le trajesen calzado fuerte y ropa de abrigo, exponiéndose por ello a incurrir en las iras del general, que era... (Aquí el comandante Ramírez hizo uso del adjetivo que ya hemos tenido el honor de emplear.)

Al fin se dio la orden y el teniente emprendió la marcha con los presos. Don Mariano no quiso dejar a su hija. Aunque no llovía en aquel momento, la noche estaba muy húmeda y el piso, según acusaban las polainas de los soldados, verdaderamente asqueroso. En la villa se hallaban ya casi todos al corriente de lo que pasaba, y muchos bultos negros, silenciosos, ocupaban los balcones, sacándose los ojos para ver cómo desfilaban los presos. Al pasar por cierta calle una voz irritada de mujer gritó desde un balcón:

—¡Infames, ya las pagaréis todas en el infierno!

Los soldados levantaron la cabeza y tornaron a bajarla, prosiguiendo silenciosamente su marcha, cuyo rumor acompasado infundía tristeza y miedo. Todos ellos sentían sobre sus roses una continua descarga de miradas de odio, que, a pesar de no merecer, recibían con la resignación del que está avezado a padecer injusticias. Pronto dejaron las últimas casas del pueblo y entraron en la carretera, cuyo primer trozo estaba guarnecido de altos álamos.

El cielo seguía negro y espeso, envolviendo en tinieblas a la tierra. Apenas se percibían los bultos de los árboles cercanos y los de tal casa que otra de labranza construida al borde de la carretera. Los pies de los viajeros no producían el ruido seco que cuando caminaban por el empedrado de la villa, sino un chapoteo aún más triste. El teniente, que era un mancebo de veinte años, bastante simpático, dio la orden de colocarse en dos filas, dejando a los presos en el medio. Después se acercó a ellos, y, preguntándoles si se les ofrecía algo, disculpose con frases corteses de llevarlos atados; pero ya debían tener noticia de que el general era bastante... (El joven teniente hizo uso del mismo adjetivo que su comandante y que nosotros, los primeros, hemos echado a volar.) Los presos murmuraron las gracias encerrándose en un silencio digno. Al poco rato comenzó a llover fuertemente. Don Mariano, que no había cruzado la palabra con su hija, abrió el paraguas apresuradamente para taparla y la estrechó largo rato contra su corazón, murmurándole en el oído:

—¡Hija mía, qué trago tan amargo me haces pasar!... Embózate bien... ¿Tienes frío? ¡Oh, me las pagará ese bruto!... Iré a Madrid a ver al ministro de la Guerra y conseguiré mandarlo a un castillo. ¿Te entra el agua por algún sitio, corazón mío? ¿Quieres mi impermeable?... ¡Mandar traer atada a mi hija!... ¡Ah, grandísimo puerco! ¿De qué cuadra te habrá sacado este gobierno de sainete?... Si te pones enferma, le mato irremisiblemente... Pero a ti, mentecata, ¿quién te ha metido en estos líos de conspiraciones sin mi permiso?... ¡Si no te hubiese dejado arrastrar tanto los zapatos por las iglesias, a estas horas no estaría pasando tales amarguras! ¿Qué tienes tú que ver con los carlistas ni con los republicanos?... Una niña bien educada se está en su casa quietecita, cuidando de las camisas de su padre y haciendo calceta..., ¿estamos?..., y haciendo calceta... ¡Canalla! ¡Miserable! ¡Mandar traer atada a mi hija!... ¡Si le veo no respondo de no echarle las manos al cuello!...

—Cálmate, papá..., cálmate, por Dios... Voy perfectamente... Cuando se sufre por Dios, el sufrimiento se convierte en placer. Nunca me he sentido tan bien como en este momento... y es porque advierto en mi alma el consuelo de haber hecho algo por restablecer a Jesús en su santo reino... Lo único que me hace padecer es verte disgustado... ¡Ay, papá, cuánto daría porque tu fe fuese tan viva y ardiente como la mía, para que despreciases todos los dolores de la tierra y marchases tranquilo y contento como yo marcho adonde Dios quiera llevarme!