—¡Mal rayo te parta, viejo zorro, me has destrozado un brazo!—exclamó el sargento Alcaraz llevando la mano a la herida.
—¡Segunda fila, apunten, fuego!—dijo el teniente.
Tampoco se consiguió nada. Don César disparó de nuevo, gritando:
—¡Viva la religión!
Entonces el teniente ordenó con voz colérica:
—¡Fuego a discreción!
Un tiroteo incesante partió de la media compañía formada en batalla. Pero el solitario enemigo ni huía ni caía. En pie sobre la roca, sin intentar siquiera guarecerse detrás de alguna piedra, seguía cargando y disparando su arma, repitiendo siempre con voz terrible:
—¡Viva Carlos Séptimo! ¡Viva la religión!
Raro era el disparo que no ocasionase alguna baja en la tropa. La luna iluminaba su rostro altivo y feroz surcado de arrugas.
—¿Me conocéis?—gritó sin dejar de hacer fuego—. Soy don César Pardo, cristiano viejo y carlista de los pies a la cabeza.