—¡Eres un ladrón!—contestó un soldado.
—Oye, chiquito; te tiembla mucho el pulso y tus balas pasan muy lejos.
—¡Allá va ésa!
—¡Nada..., no has acertado!... Si trajese diez hombres conmigo, ¡cómo correríais todos, falderillos!
—Haced lo que queráis, muchachos... ¡A matar ese perro!—gritó el teniente en el colmo de la irritación.
Los soldados se lanzaron veloces a la montaña y se pusieron a treparla con la agilidad de gatos monteses. La rabia de que estaban poseídos redoblaba sus fuerzas. Pero al mismo tiempo el teniente, que había arrebatado el fusil a uno de los soldados, disparó sobre don César y le volcó.
—Basta, muchachos..., volveos..., ya cayó el milano—tornó a gritar con acento de triunfo.
—¡No tiene más que una pata herida!... ¡Todavía le queda el pico!—repuso el cabecilla con voz ronca.
Y, en efecto, con el muslo atravesado consiguió incorporarse y cargar su fusil, que disparó inmediatamente sobre los que subían. Éstos lanzaban rugidos de cólera mientras se iban agarrando a los helechos o hincaban las uñas en el musgo para trepar más presto.
—¡Venid, venid, cobardes!—decía don César trasportado también por el furor—. Venid a aprender a pelear... ¿Veis cómo se bate un oficial carlista?... ¿Veis cómo vale por cincuenta republicanos?... Contad mañana vuestra hazaña al general Bum Bum que os ha enviado... ¡Que os den la cruz laureada, valientes! ¡Allá va ese tiro por don Carlos!... Ya sé que lleváis una niña presa, bravos soldados de la república... Allá va ese otro por doña Margarita... ¿Te ha sabido mal la peladilla, muchacho?... ¡Oh, me alegro que ya estéis aquí! ¡Viva Carlos...!