No pudo acabar. Un soldado, que había llegado a la cima, le puso el cañón del fusil en la frente, y le deshizo la cabeza, diciendo:

—¡Muere, cochino!

Lo mató sin hacer caso de las voces de sus compañeros, que gritaban:

—¡Déjamelo a mí; déjamelo a mí!

Al llegar con las mejillas pálidas y los ojos inyectados, todos dispararon sobre el cuerpo inanimado del terrible cabecilla, que pronto quedó espantosamente destrozado. Una vez concluido aquel acto de barbarie, engendrado por la cólera, los soldados quedaron silenciosos. Calmada la irritación, se hicieron cargo de que habían luchado contra un hombre solo y no quedaron satisfechos de sí mismos. A su despecho se sentían poseídos de admiración.

—¡Tenía agallas el viejo!—dijo uno, limpiándose unas gotas de sangre que le habían saltado a la cara.

—¡Bien reñido estaba con la vida!—manifestó otro.

—La verdad es, muchachos, que uno por uno este viejo se hubiera tragado a la media compañía con trapos y todo—concluyó por apuntar un tercero, sin que nadie protestase.

En la tropa habían resultado cinco heridos. Colocáronlos como pudieron en andas improvisadas y emprendieron nuevamente la marcha. Lo mismo los soldados que los presos caminaban silenciosos y tristes, profundamente impresionados por el trágico suceso que acababa de ocurrir. El cielo seguía tan plácido y sereno como antes, y en medio de él la luna, que acababa de alumbrar con su luz tibia y poética aquella lucha desigual, seguía esparciéndola sobre la comitiva, que ascendía lentamente por la carretera y sobre el lívido y destrozado cadáver que dejaban atrás, encima de la roca. Las luchas, las alegrías, los dolores de estos pobres diablos que nos movemos por la tierra, ¡qué valor tienen, qué significan ante la paz augusta de los cielos! Para ellos lo mismo pesa la caída de un imperio que la de una hoja, lo mismo suena el suspiro de una niña enamorada que el estertor de un moribundo. «La naturaleza es sorda—dijo el gran Leopardi—y no sabe compadecer.»

Pero María caminaba con los ojos clavados en el firmamento, mirándolo de un modo muy diverso. Allí donde el poeta no encontraba sino una voluntad ciega incapaz para el bien, la piadosa niña veía un Dios providente y misericordioso, tan misericordioso como terrible, que acogía en su seno a los buenos y mandaba a los malos a penar eternamente; un Dios que, como nosotros, se ablandaba con las súplicas y las lágrimas. Sintiose conmovida pensando en la suerte que correría ante la justicia divina el alma del que acababa de expirar, y por un movimiento vivo y espontáneo de su corazón, dijo con alta y sonora voz: