—Por el alma del difunto don César Pardo: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.»
Los presos contestaron rezando con fervor. Algunos soldados hicieron lo mismo. Después siguieron caminando en silencio, sin que se escuchase más que el ruido de su fatigosa respiración, y tal vez que otra las quejas de los heridos, no muy bien acomodados en sus parihuelas. Salvaron, al fin, el punto más alto de los montes divisorios y comenzaron a bajar hacia el extenso valle de... Rayaba ya el alba en los confines del Oriente. El oscuro azul del cielo por aquel lado se desvanecía en una claridad pálida y triste que borraba también el centelleo de las estrellas. Los viajeros sintieron un vientecillo fresco y desagradable. Muy pronto se extendió una gran franja dorada sobre las colinas de Levante, y la comitiva pudo contemplar a su placer el dilatado valle que tenía a los pies. Algunos jirones de niebla se alzaban lentamente del fondo de los arroyos que lo surcaban, y allá, al Occidente, una gran cortina de montañas negras, en cuyas cimas aun blanqueaba la nieve, cerrábalo bruscamente arrojando sobre él un manto de sombra. A pesar de esta sombra, los ojos de los viajeros, conocedores del terreno, distinguieron en la misma falda de la negra cortina la aguja de la torre de la catedral. Los presos y sus custodios llegaron al llano y atravesaron el valle de un cabo a otro, empleando en ello mucho tiempo, a causa principalmente del cuidado que exigían los heridos. Por último, tocaron a las ocho de la mañana en las primeras casas de los arrabales de...
Los habitantes de la capital habían tenido noticia del repentino golpe que su gobernador militar había dado a los carlistas de Nieva, y una gran muchedumbre, reunida en las calles, esperaba impacientemente para ver desfilar a los presos. Estaba compuesta en su casi totalidad por lo que durante el período revolucionario se llamó pueblo soberano, esto es, por todos los pilluelos y ganapanes de la ciudad, a los cuales se agregaban algunas personas dignas, aunque ociosas, y casi todas las comadres de los arrabales.
Al ver de lejos la comitiva, la multitud se agitó tempestuosamente, y hubo un sordo clamor general:
—¡Ya están ahí, ya están ahí! Dicen que tenían preparado para esta noche el asesinato de todos los liberales de Nieva. ¡Ah, tunos! ¡Gracias que han caído antes en la ratonera!
—Hay que desengañarse—manifestó un gordo y colorado caballero de aspecto bonachón—, todos los carlistas son unos pillos o unos tontos. Yo no emplearía con ellos otros medios que el exterminio..., ¡el hierro y el fuego!
—Vamos a cantarles el trágala cuando pasen—dijo un chico desarrapado a otros dos elegantes que le acompañaban.
La gente avanzó cuando ya los tuvieron cerca, poniéndose los que pudieron en pie sobre el pretil de la carretera. Al ver los heridos y al tener noticia por las breves palabras de algún soldado del incidente de don César, los curiosos ciudadanos se creyeron en el caso de indignarse, y contentándose al principio con manifestarse unos a otros sus pensamientos hostiles, concluyeron por vomitar furiosas injurias contra los presos, apostrofándoles en voz alta, como si todos hubieran recibido de ellos algún agravio. De esta suerte continuaron escoltándoles por las calles de la población, creciendo siempre su furor e indignación, hasta querer pasar a vías de hecho. Los presos caminaban con la cabeza baja y el rostro encendido.
—¡Ah, hipócritas, comesantos!—les decía uno—. ¡Cuándo será el día en que os vea ahorcados!
—¡Míralos cómo bajan la cabeza esos malditos! ¡Si nos tuvieran entre sus uñas ya estarían más contentos los muy arrastrados!