—No.
—¿Y por qué no has mandado llamar a un sacerdote?... ¿No veías que estaba en peligro?
La verdad era que Marta apenas se había acordado de tal cosa. Además, tenía mucho miedo de asustar a su madre, y que esto le hiciese daño. En el fondo también a ella le causaba gran terror aquella escena imponente y procuraba alejarla de su pensamiento. María la reprendió duramente su negligencia, haciéndole ver la terrible responsabilidad en que incurría si su madre hubiese muerto. Marta comprendió que tenía razón y bajó la cabeza. Enviose a llamar acto continuo al confesor de doña Gertrudis, y María se encargó de prepararla. ¡Caso raro! Doña Gertrudis, que durante su vida había pedido infinitas veces que le trajesen un confesor, sintiose sobrecogida, llena de espanto, cuando su hija le manifestó que debía disponerse. Quizá consistiera en que cuando ella lo pedía abrigaba el convencimiento de que no había peligro de muerte, mientras que ahora comprendía que las cosas se habían puesto verdaderamente graves. De todos modos, las palabras de su hija le causaron profunda impresión, y resistiose cuanto pudo a recibir al cura, pretextando que se sentía mejor; que cuando hubiese peligro ya lo llamaría ella misma... María se opuso a esta dilación y se vio en la dura necesidad de manifestar claramente a la enferma la gravedad de su estado. Doña Gertrudis se sometió, reflejando en el rostro gran abatimiento.
Cuando llegó el sacerdote dejáronla sola con él, y salieron todos de la sala. Marta se fue a llorar a su cuarto para no entristecer a su padre. Este hizo lo mismo para no asustar a sus hijas. María aguardaba a la puerta la señal de haberse terminado el piadoso acto. Al fin, el cura abrió la sala, y con la máscara de tristeza que necesitan ponerse todos los que presencian diariamente escenas de muerte, bajo la cual se oculta una indiferencia que es lógica consecuencia de tal costumbre, dijo a los que aguardaban:
—Pasen ustedes; ya hemos concluido.
—¿Qué tal?—preguntaron.
—Bien..., bien..., bien... La pobrecita se encuentra tranquila... Yo creo que el recibir a su Divina Majestad le vendrá bien, lo mismo para el alma que para el cuerpo.
—Es verdad..., tiene usted razón, señor cura—dijeron algunas señoras.
—He visto en mi familia un caso muy notable de lo que puede la fe—manifestó una de ellas—. Mi tío Pepe se encontraba enfermo del pecho; tísico confirmado. Le habían visto una infinidad de médicos y había tomado más medicamentos que puede llevar un carro. Pues bien, a él se le antojó que mientras no se dispusiese a bien morir no sanaría. Hizo llamar al cura, se confesó, recibió el Viático y hasta se empeñó en que le pusieran la Extremaunción... Pues desde entonces, yo no sé lo que fue, pero es lo cierto que quedó más tranquilo y empezó a mejorar..., a mejorar..., a mejorar..., en fin, hasta ponerse como ustedes le ven ahora.
Las demás mujeres confirmaron esta opinión. Cada cual contó su caso en apoyo de ella y el cura resumió todos los turnos manifestando que nada tenían de particular aquellos milagrosos efectos, dada la presencia en el cuerpo del enfermo del Señor de cielos y tierra, en cuyas manos está la salud de todos los mortales.