A las diez de la noche trajeron el Viático a doña Gertrudis con todo el aparato que merecía tan solemne acto. La casa de Elorza se pobló de caras extrañas. Una muchedumbre, compuesta en su mayoría de gente artesana, invadió la escalera, los pasillos y hasta la habitación de la enferma, con hachas de cera en las manos. El cura, con el monaguillo delante y la sagrada bolsa colgada sobre el pecho, atravesó por el medio y se introdujo en la alcoba. Don Mariano había huido a esconderse. María, con un libro devoto en la mano, leía a su madre las oraciones que suelen decirse antes de la comunión. Marta estaba arrimada a la pared, lívida, desencajada, mirando la augusta ceremonia cual si tuviese delante alguna terrible visión. Una de las mujeres que penetraron en el cuarto le alargó un hacha encendida y ella la tomó sin saber lo que hacía. Cuando el sacerdote mostró la Sagrada Partícula hubo necesidad de advertirle que se arrodillase. La escena era triste e imponente para cualquiera, cuanto más para una hija. Las luces de cera chisporroteaban lúgubremente en el silencio de la alcoba y arrojaban trémulos y amarillos reflejos a las paredes. La voz del cura al levantar la Hostia era aún más lúgubre que el chisporroteo de las hachas. La enferma, desmejorada por la enfermedad, se había puesto terriblemente pálida por la emoción: se incorporó lo que pudo y sostenida por María, con las manos cruzadas sobre el pecho, abrió la boca para recibir el Cuerpo de Jesucristo. Después los circunstantes se fueron retirando lentamente y en la escalera se oyó el repique vibrante de la campanilla del sacristán anunciando que el Señor se alejaba de la casa. Quedaron solamente los íntimos. Un grupo de señoras invadió el cuarto de la enferma para felicitarla y enterarse de su estado. Doña Gertrudis dijo que se hallaba más tranquila, y apretando la mano a su hija María le dio las gracias por haberle procurado la dicha de comulgar. Era de esperar la mejoría. Todas las señoras la encontraban muy natural y aseguraron a la enferma que no tardaría en ponerse buena.
—Dios todo lo puede, doña Gertrudis. Cuando se tienen arregladas las cuentas con el Señor, no hay miedo que suceda nada malo. Nada; eso no es nada, señora. Ya verá usted cómo se cura en seguida.
—Yo tengo ofrecida una misa al Santo Cristo de Tunes para el día en que la señora se levante—dijo Genoveva, la doncella de María.
—Mujer, ¿por qué no la has ofrecido al Eccehomo de la Merced?—preguntó con sorpresa una vieja planchadora de la casa, que siempre había encendido la lámpara del dicho Eccehomo y cuidaba del aseo de su capilla, llegando a considerarla como propia.
—¡Ay, mujer!, porque el Santo Cristo de Tunes es más milagroso.
—¡Serán cuernos para él!—exclamó vivamente y con ojos iracundos la planchadora.
Prodújose un furioso altercado entre ambas, hasta que María, escandalizada, les hizo callar, advirtiéndoles que el de Tunes y el de la Merced eran un mismo Señor, aunque cada cristiano era libre para tener más fe en la imagen que quisiera.
Por último, se fueron retirando las señoras, quedando solamente dos, la viuda de Delgado y una de sus hermanas, a pasar la noche con las niñas. Don Máximo se fue a descansar un rato, prometiendo venir pronto. El confesor no quiso dejar la casa porque no encontraba nada bien a su penitente, y se tumbó en un sofá. Ricardo también continuaba allí.
A las dos acaeció lo que don Máximo temía. Repitiose el ataque, y por desgracia con tal violencia que faltó poco para que la infeliz señora se quedase en él. Marta, con el peligro, recobró la actividad que había perdido ante la lúgubre ceremonia de la comunión; preparó todos los medicamentos, dio fricciones con un cepillo a la enferma en los pies, la sostuvo incorporada largo rato para que no se sofocase y ejecutó cuanto don Máximo había prescrito en los casos anteriores. Todos los que tocaban a doña Gertrudis le hacían daño; sólo las suaves manos de Martita tenían el privilegio de moverla a un lado y a otro y colocarla en las posturas más cómodas sin causarle dolor. Por fin se consiguió que la enferma volviese en sí y hablase; pero don Máximo al llegar, llamado apresuradamente por los criados, halló el pulso tan débil que no pudo reprimir un leve gesto de susto. Marta sorprendió aquel gesto, y llamándole a solas al pasillo se abrazó a él sollozando:
—¡Don Máximo de mi vida, por Dios, cure usted a mi madre!... ¡Sí; mi madre se muere..., sí..., se muere!... Yo le he visto a usted hacer un gesto...