—No llores, chiquita—dijo el anciano médico apretándole la cabeza contra su pecho—; no hay motivo aun para alarmarse... Yo haré lo que pueda y más de lo que pueda para salvarla.
—¡Sí, sí, don Máximo..., hágalo usted por cuanto más ame en este mundo!..., ¡por la memoria de su esposa, a quien usted quería tanto!
—Nada, déjate de llorar ahora; lo que importa es que vayas a darle la cucharada de quinina a tu mamá. Después le pondremos un reparo sobre el estómago.
El bueno de don Máximo procuró consolar a la niña, ocultándole el funesto presentimiento que abrigaba y se puso a dictar las medidas que su pobre ciencia cuanto rico deseo le sugerían. Pero no logró detener la marcha presurosa de la muerte, que a carrera desatada se venía hacia el lecho de la pobre señora. A las cuatro de la mañana observaron que hablaba con más dificultad; la pronunciación era arrastrada y un poco estropajosa. Casi todas sus palabras se dirigían a María, preguntándole y haciéndole repetir infinitas veces los sucesos de la noche anterior, prodigándole elogios desmesurados por su fortaleza y felicitándose de tener una hija tan buena.
—Hija mía..., pide a Dios por mi salud. Dios no puede... negarte nada.
María, comprendiendo que su madre se moría, repuso:
—Mamá, lo que más importa es la salud del alma... Si Dios quiere llevarte, que te sorprenda en su santa gracia...
—¿Pero... me muero..., hija mía?
—Dios solamente puede decirlo... ¿Quieres que entre el señor cura para reconciliarte?
—Sí..., que entre..., hija mía..., que entre...