El cura entró y estuvo unos instantes a solas con la enferma. Las personas que había en la sala guardaban triste silencio. Don Mariano, reclinado en un sofá, con la mejilla apoyada en una mano, cerraba los ojos, dando señales de profundo abatimiento. Después que el cura hubo terminado, volvieron a entrar Marta, María, Ricardo y don Máximo. El estado de doña Gertrudis iba siendo cada vez más grave. Empezó a manifestarse en ella una inquietud de mal agüero: movía la cabeza de un lado y de otro como si no hallase sitio donde colocarla, como si buscase ya la almohada donde había de reposar eternamente. Las manos vacilantes tomaban y soltaban las ropas del lecho incesantemente, mientras sus ojos también rodaban sin parada por las órbitas, clavándolos de vez en cuando en el techo de la estancia. Parecía que no encontraba persona en quien fijarlos. Al poco rato, Martita advirtió que tenía las manos frías y lo manifestó en voz alta, de un modo sencillo, sin comprender la infeliz lo que aquello significaba. Don Máximo volvió la cabeza para ocultar la emoción. El sacerdote dejola caer sobre el pecho.

—Me encuentro... muy bien... ahora—dijo a María llevando la mano de ésta a los labios—. En cuanto sane..., iremos las dos... a Lourdes..., ¿no es... verdad?... Es muy... bonito... aquello..., muy bonito..., muy bonito... ¡Si supieras... lo que estoy... viendo ahora!... La Virgen... la Virgen que viene... rodeada de estrellas... Ponedme... el vestido de terciopelo... para recibirla... Vamos..., pronto, pronto... ¿No veis que ya entra... por la puerta?... ¡Ay qué pesados!... Buenos días, señora... Tengo una hija que se... parece mucho a vos... Tiene el pelo rubio y los ojos azules..., ¡muy hermosos!..., ¡muy hermosos!

Un leve ronquido empezó a salir de la garganta de la enferma, que exhalaba más que profería las anteriores palabras: era un ronquido seco y agudo que se fue señalando cada vez más. El confesor, al oírlo, hizo una seña a María y ésta tomó rápidamente un Cristo de plata que colgaba de la pared, y lo puso en las manos de su madre, diciéndole:

—Mamá, acuérdate de Dios... Acuérdate de lo que padeció este Divino Señor por nosotros...

—Yo... no me muero—dijo la enferma.

—Sí, mamá... sí..., te mueres—repuso la joven con el rostro encendido, llena de sobresalto y congoja, temiendo que no estuviese bien preparada—. Arrepiéntete de los pecados que hayas cometido... ¿No es verdad que te arrepientes y pides perdón de ellos al Señor?...

—Sí..., sí—murmuró la enferma.

—Diga usted conmigo el credo—manifestó el confesor tomando un tono más solemne—. Creo en Dios Padre..., todopoderoso..., creador de cielo... y de la tierra.

Doña Gertrudis repetía borrosamente las palabras del cura, y como si no se fijase en lo que hacía. Miraba al techo con singular insistencia, mientras las facciones de su rostro se descomponían precipitadamente. Un círculo azulado se iba dibujando en torno de los ojos, y la nariz se afilaba de modo extraño. Cuando el cura hubo terminado, volvió de nuevo a dirigir la palabra a María.

—La verdad... es... que no tengo sombrero... para hacer... el viaje a Lourdes... Los que tengo... son... muy antiguos... Hazme el favor... de escribir... a Luisa... y que me envíe... uno, de novedad... Tú también... necesitas un vestido... Encárgalo..., hija mía..., encárgalo.