—Mamá, deja las vanidades del mundo... Acuérdate de Dios... Mira que vas a comparecer muy pronto a su presencia...

—No..., no..., yo no me muero...

—¡Ay mamá, por la Virgen Santísima te pido que pienses en que vas a morir!... ¡Piensa en tu salvación!

—Ya pienso..., sí..., ya pienso—dijo la enferma maquinalmente.

El cura se puso a rezar por un libro la recomendación del alma en latín. Todos se arrodillaron. Entonces la moribunda preguntó levantando un poco la cabeza:

—¿Por qué os arrodilláis todos?

—Para encomendarte a Dios, mamá—repuso María.

Y levantándose y acercando el rostro al de su madre, siguió en voz baja:

—Di conmigo, mamá: Jesús...

La madre replicó torpemente: