Y las lágrimas del buen caballero se filtraban por el tejido del damasco y su atlética figura se agitaba convulsivamente a impulsos de los gemidos. Después sintió una gran curiosidad, una de esas terribles curiosidades que suelen fascinar en tales momentos y dejar señal indeleble en la memoria del que las ha satisfecho. Atendió con cuidado y no tardó en escuchar el sordo rumor de la muchedumbre y más tarde el canto fúnebre, desgarrador de los clérigos, casi debajo de los balcones. Entonces se levantó velozmente y alzó con discreción una de las cortinas. Y vio el ataúd, el ataúd negro y dorado flotando como una barca sobre la muchedumbre. El cielo estaba nublado y tenía un color gris que sombreaba la gran plaza de Nieva. Las olas de la multitud se extendían por todo su ámbito con vaivén acompasado. Y la barca se alejaba, se alejaba llevándose para siempre su tesoro, precedida de una gran cruz de plata en medio de dos cirios encendidos.
Dejó caer la cortina y arrojose de nuevo sobre el sofá, murmurando palabras incoherentes. No supo el tiempo que estuvo así. La luz también fue huyendo, dejando el cuarto en la sombra, y todo quedó en silencio... Todo, menos su pensamiento, que le hablaba sin cesar, y el pecho, que se rompía en sollozos.
Y así estuvo mucho tiempo, mucho tiempo. Al cabo notó que la puerta del cuarto se abría suavemente. Volvió la cabeza y vio a su hija María, que vino a sentarse silenciosamente a su lado. Pero él, como si presintiera un nuevo dolor, no le preguntó nada, no le dijo nada. Contentose con apretarle la mano y cerró de nuevo los ojos.
—Papá—pronunció la joven después de largo rato de silencio—, hemos padecido una desgracia inmensa, una de esas desgracias que hacen levantar los ojos al cielo hasta a los más descreídos en demanda de consuelo. Sólo Dios tiene la clave de ellas, conoce su porqué y sabe enderezarlas a un resultado ventajoso para nosotros. Esta desgracia me ha afianzado en una resolución que hace ya algún tiempo tenía tomada: la de consagrarme a Dios para siempre... Conozco por mil señales que Él me llama, y sería en verdad muy ingrata si no atendiese a su llamamiento... Yo no sirvo para el mundo... Todas sus diversiones me causan tedio; así, pues, no hago ningún sacrificio encerrándome en un convento... Además, desde allí puedo mejor pedir por vosotros y seros más útil que aquí... La idea de matrimonio, que tú me has insinuado, repugna a mi corazón, en el cual ha echado por fortuna raíces otro amor más puro, que es inmortal... Esta resolución no debe cogerte de sorpresa... Yo creo que no debes sentirla... En este momento solemne en que la desgracia pesa sobre ti tal vez te servirá de consuelo el saber que vas a tener una hija asegurada de todo engaño, de toda traición, que vive feliz sirviendo a su Dios y pidiendo por vosotros...
María había hablado deteniéndose a menudo como si esperase que su padre la interrumpiera. Pero concluyó y aun transcurrió un largo intervalo de silencio sin que aquél se acordase de despegar los labios. Al fin la joven le preguntó tímidamente:
—¿No me dices nada, papá?
—Nada—repuso éste sin mirarla.
—¿Pero me das tu consentimiento para poner por obra mi propósito?
—Sí.
—¡Oh, ya lo sabía!... Tú eres muy bueno... y bastante piadoso... Tú no eres como otros padres ciegos que prefieren entregar sus hijas a los peligros del mundo a dejarlas para siempre esclavas de Señor, recogidas en una santa casa... Gracias, papá, gracias... Yo temía, la verdad, temía que no te pareciese bien mi resolución... Pero Dios te ha tocado en el corazón... Ahora te dejo... me está esperando Marta... Adiós, papá... déjame darte un beso... Adiós.