Y la puerta tornó a abrirse y cerrarse suavemente. El señor de Elorza continuó inmóvil, en la misma postura que le había dejado su hija, sentado, con las manos enlazadas y la cabeza inclinada sobre el pecho.

El cuarto quedó en tinieblas. Los ruidos de lo exterior se fueron apagando lentamente. Un dolor inmenso, agudo, cruel palpitaba sólo en aquella estancia, y unos ojos fijos, atónitos, sin lágrimas, reflejaban los átomos de claridad que aún vagaban perdidos por el ambiente.

¿Cuánto tempo permaneció así?

Los pajarillos que vinieron a posarse a la madrugada sobre los hierros de los balcones acaso pudieran dar respuesta. Pero la palidez de unas mejillas, el lívido círculo que rodeaba ciertos ojos y las profundas arrugas que surcaban una frente la daban, sin duda, más exacta.

XV

GOCÉMONOS, AMADO

En la pequeña y linda iglesia de las monjas Bernardas de Nieva había gran movimiento. El sacristán, ayudado de tres monagos, las dos demandaderas de convento y un marica de la población, célebre por su pericia en vestir los santos, armaban un trajín insoportable sacudiendo con zorros y plumeros los retablos de los altares. No tenían escrúpulo en colocarse de pie sobre ellos y hasta encaramarse sobre los mismos santos, cuando así lo requería la necesidad de quitar el polvo a alguna moldura o poner un cirio en el paraje designado. La madre abadesa desde el coro, con la frente pegada a las rejas, dictaba sus órdenes como un general en jefe, con vececita delgada y áspera.

Aquí un candelabro; allá un ramo de flores; subir un poco más esa lámpara; poner derecha la corona a esa Virgen...

En lo interior del convento también reinaba agitación. Un grupo de monjas contemplaba, desde la puerta de una celda, cómo otra compañera daba la última mano al pobre lecho que estaba arreglando, después de haber colgado el crucifijo reglamentario sobre la cabecera. Una gran bandeja de plata descansaba sobre la mesa, también reglamentaria, de pino. Cuando la monja dejó lista la cama, salió de la celda, dirigiendo breves palabras a las otras al pasar. Después volvió con un lío de ropa en la mano, que todas se apresuraron a tomar en las suyas abriéndolo, extendiéndolo y dándole mil vueltas. Era un hábito completo de novicia; la túnica de franela blanca, la toca de lienzo, los zapatos, el rosario, la cruz de bronce, etc. Las monjas contemplaba con afán cada uno de los objetos como si se tratase de algo que jamás hubiesen visto, emitiendo en voz baja muchas y diversas opiniones.

—¡Ay! este rosario me parece que tiene las cuentas más gordas.—No, hermana, tome el suyo y verá cómo son iguales.—Voy a ver por gusto... Es verdad, son iguales..., ¡qué tonta!—La franela está demasiado tiesa.—Es que no la han mojado bien.—La toca está planchada.—¡Jesús mío, qué puntadas!... ¡Esto no es coser, es hilvanar!...—¿Quién ha hecho esta túnica?—La hermana Isabel.—¡Pues se ha lucido!—No diga eso, hermana, que tal vez ella lo haría peor.—¡Yo, peor!... ¡Anda, anda! Nunca en mi vida hice una chapucería semejante.—¡Cuántas habrá hecho, hermana!—¡Nunca, nunca!—repitió la monja en tono colérico—. A los siete años ya sabía yo coser mejor.