—¡Esta sí que es verdadera vocación!... ¡Una chica tan joven y tan guapa!
—No se habla de otra cosa en la villa... ¡Todo el mundo anda revuelto con el dichoso monjío!
—¡Dichosa ella, querida! Yo no sé si tendré valor para ver la ceremonia.
—Pues yo, aunque me cueste una enfermedad, la he de ver.
Algunas derramaban ya lágrimas llevándose el pañuelo a los ojos; otras se contaban al oído los preparativos para la fiesta y las circunstancias que habían acompañado a la determinación de la joven. Se hablaba mucho de una carta que ésta había escrito al marqués de Peñalta despidiéndose de él y disculpándose. Algunas compadecían a Ricardo, mientras otras murmuraban que no le faltaría novia para casarse. Después de todo, si Dios la llamaba a Sí por ese camino, ¿había razón para apartarse de Él porque un muchacho estuviese enamorado de ella? ¡Si lo dejase por otro!... Pero siendo por Dios, no había motivo para quejarse. Este era el mismo argumento que resplandecía en la carta de la señorita de Elorza. Escrita y remitida a Ricardo quince días antes de aquel en que estamos, decía así al pie de la letra:
«Mi querido Ricardo: Aunque hace ya tiempo que nuestras relaciones amorosas se han roto tácitamente y por virtud de providenciales circunstancias más que por iniciativa de mi voluntad, juzgo obligatorio el darte algunas explicaciones acerca de la resolución que he tomado y que tú conocerás seguramente. No puedo ni debo olvidar que has sido mi prometido con el beneplácito de mis padres y el cariño sincero de mi corazón.
Antes de renunciar para siempre al mundo, debo manifestarte que no tengo absolutamente ninguna queja de tu conducta para conmigo. Has sido siempre bueno, leal y cariñoso y me has estimado en más de lo que merezco. Hasta tal punto es así, que por ningún hombre de este mundo te cambiaría si hubiese de quedar en él, y me juzgaría muy dichosa llamándome tu esposa, si no me juzgase mucho más siéndolo de Cristo. La preferencia que establezco no puede ofender ni aun disgustar a un joven tan bueno y tan piadoso como tú. De aquí en adelante ya no existe el amor terrenal entre nosotros; sólo queda una amistad pura y suavísima, amándonos en el sagrado corazón de Jesús. No te olvidaré en mis pobres oraciones. Olvídame tú cuanto te sea posible. Eres bueno, eres noble, hermoso y rico; busca una mujer que te merezca más que yo te merecía, y cásate y sé feliz. Yo rogaré siempre por vosotros.
Adiós.
María.»
—¿Podía haber píldora mejor dorada? No, no; Ricardo no tenía derecho a quejarse.