Mientras el grueso de las señoras ponía interminables glosas a este documento, las que vestían a la nueva prometida de Jesús andaban cerca de concluir su tarea y daban la última mano al tocado con la misma complacencia que un artista da las últimas pinceladas a un cuadro, alejándose y acercándose infinitas veces para hacerse cargo del efecto que produce. Aquí un alfiler; el cuello un poco más abierto para dejar ver la hermosa garganta de alabastro; algunos rizos sobre la frente saliendo al desgaire por entre las flores de azahar; pegar un botón que ha saltado...
María ayudaba con vivos movimientos a sus nuevas camaristas. Todas admiraban su serenidad. ¡Y, en efecto, la joven desposada no podía mostrar un rostro más jovial en aquellos momentos! Advertíase, no obstante, cierta agitación en aquella alegría. Sus movimientos eran demasiado vivos y resueltos, como si tratase de ocultar el leve temblor de sus manos y el estremecimiento que corría por todo su cuerpo. ¿Era un estremecimiento de placer?
¡Oh, sí, María sentía un inmenso placer!
Las rosetas encarnadas de sus pómulos así lo decían; el brillo inusitado de los ojos también lo pregonaba. Tenía los labios secos y las ventanas de la nariz sonrosadas y más abiertas que de ordinario. La cándida frente estaba surcada por una leve y prolongada arruga que anunciaba el vivo deseo, el ansia inquieta y sensual que debajo de ella se ocultaba. Era el ansia henchida de gozo del glotón que se encuentra frente a su plato favorito después de largo ayuno. Por aquel rostro encendido, brillante, pasaba una muchedumbre de soplos cálidos, cargados de congojas, sobresaltos y anhelos voluptuosos, en revuelta y vaga confusión. Iba a ser la esposa de Jesucristo y encerrarse para siempre entre cuatro paredes, pasando toda la vida en misterioso coloquio, cuyas dulzuras aun no había gustado por completo. Una gran curiosidad la dominaba, la irritaba en grado indecible. Siempre le había fascinado aquel coro del convento de San Bernardo, donde la media luz que penetraba por las altas claraboyas dormía con místico sosiego sobre los sillones de roble. ¡Cuántas veces, viendo cruzar una figura blanca y silenciosa y sentarse allá en el fondo, se había estremecido! Era un temblor dulce, voluptuoso, que le hacía apetecer con ansia la entrada en aquel fantástico recinto. Las monjas con sus blancas y esbeltas figuras le parecían seres sobrenaturales, ángeles bajados a la tierra casualmente y que no tardarían en remontar vuelo. Fijose particularmente en una porque era joven y hermosa. Cuando la veía entrar en el coro no apartaba de ella los ojos. La belleza severa y correcta de aquella religiosa y su mirada límpida y firme le causaban una impresión que no se explicaba. En su pecho nació cierta inclinación extravagante hacia ella y vivo y ardiente deseo de ser su amiga o más bien su discípula, de postrarse ante ella y decirle: «¡Enseñadme, dirigidme!» ¡Oh, si le permitiera darle un beso por pequeño que fuese! Cierta tarde le acometió una tentación inmensa de pedírselo. El templo se hallaba desierto. Echó una mirada hacia atrás y vio que la hermosa monja penetraba en el coro y se arrodillaba cerca de la reja; y sin reparar en lo que hacía se dirigió a ella, diciéndole con voz temblorosa: «Madre, ¿me deja usted una mano para que la bese?» La monja le hizo una seña graciosa de que no podía ser, pero levantándose le tendió el crucifijo de su rosario con sonrisa tan dulce y protectora que María, al besarlo, sintiose profundamente conmovida.
Siempre que entraba en la iglesia del convento sentía la misma embriaguez, una especie de somnolencia voluptuosa que penetraba en su ser como una caricia. De aquel coro venía un murmullo lánguido y tierno que le llamaba, invitándola a dejar los placeres del mundo por otros más dulces y misteriosos que había comenzado a gustar sin conocerlos aún enteramente. Jesús le había ya otorgado valiosos regalos en sus oraciones, pero no se entregaría por completo, bien seguro, no se olvidaría en los brazos de la esposa, no se daría todo Él con el amor infinito, inmortal que pedía con ansia, sino dentro de aquel recinto silencioso y poético donde ningún ruido podía turbarlos.
Había llegado por fin el día de satisfacer su anhelo. Dentro de una hora estaría en aquel coro misterioso que tanto le había hecho soñar, y cruzaría con su flotante túnica al través de los rayos tibios de luz de las altas claraboyas. Sentía impaciencia por que el momento llegase. Estaba nerviosa, inquieta, pero risueña. Nunca se encontró más satisfecha de sí misma. Las amigas no se cansaban de exaltar su virtud y heroísmo; la villa la contemplaba con asombro, y en torno de ella no se escuchaban más que lisonjas y frases de admiración. María se hallaba realmente sobre un pedestal. Y, como todo el que se encuentra bajo las miradas del público, nuestra joven procuraba ocultar las emociones de su alma mostrando un semblante sereno y alegre. Era su día, era el día de la gran batalla, y componía las arrugas de la frente y la expresión de su mirada lo mismo que un general cuando suena la hora del ataque.
No obstante, de vez en cuando dirigía miradas de sobresalto a uno de los rincones del gabinete. En aquel rincón, sentada, con las manos en el rostro, estaba su hermana sollozando. Al fin, no pudiendo contenerse, dejó plantadas a las camaristas, y se fue hacia Marta, y bajando el rostro hasta tocar con el de ella, le dijo:
—No llores, querida mía, no llores más... No nos sucede ninguna desgracia para que te aflijas tanto... Piensa, al contrario, en el gran favor que Dios me otorga al llamarme a ser su esposa... ¡Debieras alegrarte, pichona!... Vamos, no llores más, ¡mira que me estás quitando el valor!...
Y mientras esto decía, besaba el rostro terso y sonrosado de su gentil hermanita. La niña respondió entre sollozos:
—¡Ay, María, te pierdo para siempre!