—No, querida, no... Me verás muchas veces... y hablarás conmigo.
—¡Qué importa!..., te pierdo, hermana mía...
Y Marta no sabía salir de ahí «¡te pierdo, te pierdo para siempre!» No sabía salir porque era lo único que en aquel instante llenaba su corazón, un corazón que jamás se equivocaba. Acostumbrada a dejarse dictar creencias y opiniones, Marta aceptaba sin rebelarse la de que su hermana obraba bien al encerrarse en un convento. Pero era señora absoluta de su corazón. Allí no mandaba nadie. Y el corazón le decía que ya no tenía hermana; que todo el amor, toda la ternura de María iba a evaporarse muy presto, como una esencia divina, en las profundidades de un nosequé misterioso y vago totalmente incomprensible para ella.
Cuando el tocado estaba a punto de terminarse, penetró en la sala un joven con la violencia de un golpe de viento. Era aquel pollo del pelo por la frente, que poco a poco se había hecho indispensable en todas las fiestas, solemnidades, ceremonias y regocijos de la villa.
—Mariíta, el secretario del señor obispo me manda a decirle que Su Ilustrísima está ya dispuesto y que sale al instante para la iglesia.
—Bien; yo no tardaré en salir.
—Dejo ya la tribuna de los músicos preparada. He avisado a don Serapio y al organista... ¡Preciosa, Mariíta, preciosa!... Fíjese usted en las colgaduras azules que hice poner en el retablo de la Virgen...
—Gracias, Ernesto, muchas gracias, se lo agradezco a usted en el alma.
A una señal de María todas las señoras se levantaron y se precipitaron detrás de ella por la escalera, sin dejar por eso su charla mareante. La joven fue derecha al cuarto de su padre y se encerró en él durante largo rato. Nadie supo lo que pasó dentro. Los que a la puerta esperaban oyeron sollozos, frases confusas pronunciadas en tono colérico, ruido de sillas. Las señoras, que aguardaban en la antesala, decían en voz de falsete a las que entraban: «Se está despidiendo, se está despidiendo de su padre... Don Mariano no quiere ir a la ceremonia.»
Después apareció otra vez María, risueña y serena como antes, diciéndoles: