—Vamos, señores; en marcha.
Con la misma serenidad atravesó los grandes salones de la casa sin dirigir una mirada a los muebles, y bajó por la anchurosa escalera de piedra sin notar vacilación alguna en sus lindos pies vestidos de raso blanco.
Y sin embargo, ¡cuántos recuerdos quedaban a su espalda! ¡Cuántas horas de luz y de alegría! La charla de sus labios infantiles, suave como el gorjeo de un pájaro; el canto un poco ronco, pero aun más tierno, por eso mismo, de su padre, al dormirla entre los brazos; los sueños, las frescas carcajadas de la adolescencia, el hermoso sol de las mañanas de abril que la bañaba en su cuarto, las caricias incesantes de su madre, el calor del hogar en suma, ese calor que no se compra con los tesoros de la tierra, todo quedaba detrás de ella impreso en las paredes, empapado en los muebles. ¡Y ella lo dejaba sin lágrimas!
A la puerta esperaba una magnífica carroza abierta, tirada por cuatro caballos blancos. Pedro había demostrado su gusto poniéndoles grandes penachos azules y adornándose él mismo con una librea de idéntico color. En aquel día todo debía ser azul, como emblema de pureza y virginidad. Hasta el cielo, por mayor gala, se había vestido de azul y se mostraba límpido y hermoso. María montó en el carruaje con la señora de Ciudad, su madrina, y las otras se despidieron hasta luego, tomando apresuradamente el camino de la iglesia.
Reinaba extraordinaria agitación en la villa. La toma de hábito de la señorita de Elorza, aunque esperada desde hacía algún tiempo, no por eso dejaba de impresionar profundamente. ¡Una joven tan rica, tan bella, tan lisonjeada por todo lo que el mundo tiene de risueño y apetecible! Interminables comentarios se hacían por aquellos días en las tertulias de las tiendas.
—¿Pero no decían que estaba ya arreglada la boda con el marquesito?—Nada, nada, ya no hay boda; el marquesito se ha quedado con un palmo de narices. La niña, después del extraño suceso de su prisión y la muerte de su madre, volvió con más fuerza que nunca a sus aficiones piadosas: es una vocación decidida, no hay que darle vueltas. Unos la juzgaban de un modo y otros de otro; pero en general María excitaba vivas simpatías, y en mucha gente, sobre todo entre la plebe, ejercía cierta fascinación, como todo lo que es extraordinario y hasta cierto punto maravilloso. Pasaba por una santa. El apagar todo el esplendor de su hermosura, riqueza y talento en las soledades de un claustro era el complemento único de su fama, la última firma echada en el expediente de su canonización popular. Todas aquellas mujerzuelas que se codeaban sin piedad para verla cruzar hacia la iglesia se creerían defraudadas si se hubiera casado prosaicamente y la viesen de bracero con su marido, precedida de una niñera con tierno infante en los brazos.
La plaza estaba llena de curiosos. Cuando la joven subió al carruaje, y Pedro, chasqueando la lengua y el látigo, hizo arrancar a los caballos, alzose un gran rumor en la muchedumbre, que llegó a los oídos de María como un coro de lisonjas. La gente se apartaba precipitadamente dejando paso. En presencia de aquel aparato, que sólo alguna vieja había visto en otra ocasión, los pacíficos habitantes se hallaban sobrecogidos de respeto y excitados a la par por una gran curiosidad. El coche empezó a caminar lentamente, rompiendo las apretadas filas de los curiosos. Los caballos piafaban impacientes, sacudiendo los penachos azules como si les corriese prisa llevar la desposada a los brazos del Esposo místico. Era una procesión regia. Y en verdad que María, por su gallarda presencia, mereciera ser reina. Así como estaba, espléndidamente ataviada, con sus ojos azules y profundos, que brillaban de emoción, y las mejillas de leche y rosas levemente coloreadas, era una figura de singular belleza, que ofrecía muchos puntos de semejanza con la Virgen rubia de Murillo que vemos en el Museo de Madrid. Las mujeres de la villa no podían reprimir el entusiasmo y le prodigaban en voz alta mil adjetivos a cual más lisonjero.
—¡Mírala, mírala qué preciosa va, mujer del alma!
—¡Si apetece comérsela a besos!
—¡Y qué traje tan rico lleva!