—Dicen que ha venido ex profeso de París. No ha querido vestirse de tisú. Las casullas que se habían de hacer de él las regalará por separado, y el vestido quedará para la Virgen del Amor Hermoso.

—¡Es que yo no he visto criatura más linda!... ¡Parece un ángel!

La carroza seguía su carrera majestuosa, y la joven sonreía dulcemente a la muchedumbre. Desde dos o tres casas dejaron caer sobre ella un diluvio de flores, cuyos pétalos multicolores esmaltaron un instante la tela blanca del vestido: algunos quedaron enredados en el cabello. La gente aplaudía.

—¡Mujer, la vocación de esta niña edifica!

—¡Ay, dichosa de ella!..., ¡quién estuviese en su lugar!

—Y aquí no pueden decir que ha sido obligada... Sé yo que su padre se ha puesto furioso cuando lo supo y trató de disuadirla por todos los medios...

—Vamos, entonces se casa con Jesucristo a disgusto de la familia—manifestó un joven que escuchaba la conversación.

Las mujeres se volvieron airadas a confundir al impío, que se alejó riendo.

Y la carroza seguía marchando bajo un sol radiante, que hacía centellear los cristales de los balcones, reverberando en el blanco caserío de la villa con transportes de felicidad. El firmamento mostraba sus purísimos senos sonriendo a todos los deseos de dicha, a todas las aspiraciones placenteras de los mortales, hasta a las de la hermosa virgen que iba por su voluntad a perderlo de vista y a hundirse para siempre entre las sombras del claustro. El carruaje cruzó por delante del palacio feudal de los Peñalta, cuyas vetustas paredes, manchadas a trechos de musgo, arrojaban sobre la calle un manto de sombra.

¡Qué haría a estas horas Ricardo!