María no se dijo esto; no. Pasó sin dirigir siquiera una mirada furtiva a los góticos balcones, con la misma sonrisa serena y protectora. La sombra, no obstante, le produjo un leve temblor de frío.

A la puerta de la iglesia esperábanla todas sus amigas, que habían llevado consigo a Martita. El templo rebosaba de gente, que se apretó para dejarle paso. En el altar mayor la recibió el obispo de..., que había venido adrede para darle el hábito. Hincose de rodillas y oró breves instantes. El rumor confuso de la gente se apagó, reinando un silencio ansioso.

El prelado comenzó a decir con voz clara y solemne:

—Sé, querida hija, que habéis formado resolución de encerraros para siempre en esta santa casa con propósito de ser toda la vida esclava del Señor... Sé también que vuestra voluntad es firme, y que habéis sabido resistir, no sólo a las vanas seducciones del mundo, sino también a aquellos goces honestos que la bondad de Dios nos permite... Pero la vida, hija mía, en el seno de la mortificación y penitencia suele ser más larga que en el tumulto de los placeres, y mientras nuestro espíritu resida aprisionado en la carne, somos el blanco de graves e incesantes tentaciones...

El anciano obispo hablaba con extraordinaria calma, haciendo largas pausas al final de los períodos, lo que prestaba a su discurso gran majestad. Su voz era dulce y clara y sonaba en la nave silenciosa del templo como una música suave. Entretúvose a trazar con terrible exactitud los pormenores de la vida religiosa, desplegando ante la vista de la joven todo el aparato de mortificación que arrastra consigo; los placeres del mundo, olvidados por entero; los sentidos, contrariados; los afectos terrenales, hasta los más puros, reprimidos. Y eso no un día, ni un mes, ni un año solamente, sino todos los días, todos los meses y todos los años hasta la hora de la muerte, buscando siempre con afán el dolor como otros buscan el placer. Mas después de pintar el cuadro sombrío de la mortificación, pasó a expresar con elocuencia los puros y vivos goces que dentro de ella se encuentran. ¡Abandonarse en los brazos de Dios como el niño en los de su madre, para que haga de nosotros lo que quiera! ¡Hallar a Dios en el fondo de las amarguras y dolores, unirse a Él!..., ¡poseerlo!... ¡Y ser la criatura predilecta, en quien su infinita Grandeza se recrea!... ¡Vivir eternamente unida a Él!... ¡Ser su esposa!... ¿No es bastante recompensa para los pequeños dolores que en una vida tan breve podemos experimentar?

Comenzó la profesión de fe. El obispo preguntaba, leyendo por un libro, si estaba pronta a dejar la vida del mundo y el comercio de las criaturas para consagrarse exclusivamente al servicio de Dios. María contestaba que había escuchado la voz del Señor y corría presurosa a su llamamiento. El prelado tornaba a preguntar si había meditado bien en su resolución, si la había tomado por algún respeto mundanal, herida de algún desengaño pasajero. María respondía que venía por su libre voluntad a confiarse y reposar en el seno del Amado de su alma. Todos los ejércitos de la tierra no la harían retroceder, porque su Dios la había hecho firme e inexpugnable, como la montaña de Sión.

Por encima de la cabeza de los fieles apareció una gran bandeja de plata, la misma que pocas horas antes estaba en una de las celdas del convento, y en ella el hábito de novicia bernarda. El prelado lo bendijo.

Dejáronse oír las notas agudas y gangosas del órgano y se puso en marcha la procesión. María delante y a su lado la madrina y Marta; detrás el obispo y en pos de él la clerecía. Parte de la gente los siguió y parte se quedó en la iglesia. Cerca de la puerta de ésta se hallaba la del convento por donde penetraron, internándose en un largo y sombrío claustro, iluminado a trechos por alguna viva raya de sol, que las molduras de los arcos dejaban pasar. Al fin de una de las galerías estaba ya una puerta abierta y guardándola, silenciosas, inmóviles, veíanse dos figuras blancas de monja, con sendas hachas de cera en las manos. Tornó a hincarse de rodillas la desposada, y levantándose al instante, estrechó vivamente entre los brazos a su hermana. ¡Era el último abrazo que le daba! Cuando quiso desprenderse tenía a Martita tan fuertemente colgada del cuello, que fue necesaria la intervención de algunas señoras para lograrlo. Abrazó igualmente a todas sus amigas que lloraban a lágrima viva, mientras ella, dando ejemplo de sublime serenidad, entró alegre y sonriente en la casa del Señor, escoltada por las dos monjas.

Las puertas se cerraron. Aunque era en el mes de agosto, Marta y las amigas sintieron frío repentino en el claustro y corrieron a refugiarse en la iglesia, donde don Serapio, acompañado del órgano, degollaba la hermosa plegaria de Stradella.

Esperose algún tiempo, con grandes ímpetus de curiosidad. Nadie atendía a la cascada voz del fabricante de conservas. Los ojos de la muchedumbre estaban fijos, clavados en el coro de las Bernardas, escrutando por entre sus rejas la portezuela del fondo.