Al fin apareció. Venía igualmente escoltada por dos monjas. El traje de novicia la hacía un poco más vieja. Sin embargo, estaba hermosa, ¡muy hermosa!, porque lo era realmente aquella santa y extraordinaria criatura. La gente la devoraba con los ojos y se repetía en voz baja: «¡Viene sonriendo, viene sonriendo!»

¡Ah, sí, la nueva esposa de Jesucristo sonreía, esperando el dulce premio de su sacrificio! Pero el anciano que en el mismo instante paseaba solitario por uno de los salones de la casa de Elorza..., ¡ése no sonreía! Y el joven que a la misma hora se hallaba cruzado de brazos, con la cabeza inclinada sobre el pecho, frente a un retrato de mujer, ¿acaso sonreía?... No, no; tampoco sonreía.

El prelado vino a la reja y dijo a la novicia:

—Ya no te llamarás María Magdalena, sino María Juana de Jesús.

La novicia fue a postrarse delante de la abadesa, y besó con respeto el crucifijo de su rosario. Después fue abrazando una por una a sus nuevas compañeras. Mientras duró esta escena, muchas de las señoras del concurso vertían lágrimas.

El obispo dijo la misa solemne, y al concluir, todas las religiosas, incluso María, comulgaron. Don Serapio apenas cerraba boca. El órgano chilló, silbó y roncó con más brío que nunca, estimulado quizá por la competencia. Parecía que don Serapio y él habían trabado un pugilato tremendo, un duelo a muerte, cuyas estrepitosas consecuencias recaían sobre las orejas de los fieles. Pero el órgano se reía con todo descaro del fabricante. Cuando se hallaba más extasiado, dejando resbalar por la garganta alguna complicada fioritura o fermata, un mugido horrísono se la estropeaba sin piedad, dejándole perdido y anegado para un buen rato. Volvía a sacar la cabeza el fabricante con una nota tierna y de efecto seguro... ¡Zas!, el órgano, como una fiera encarnizada, caía sobre ella y la desbarataba. Así estuvo jugando mucho tiempo, hasta que, harto de divertirse y embriagado por el triunfo, soltó de improviso y simultáneamente todas sus voces, que clamaron en el silencio de la iglesia con grito monstruoso e insufrible. El fabricante quedó asfixiado en aquel bramido diabólico y no volvió a aparecer.

Reinaron algunos instantes de silencio, que fue turbado por cierto triste chirrido. Era la cortina del coro que se extendía. Ya no se vio más. Las luces comenzaron a apagarse y la gente a desfilar a toda prisa. Las amigas íntimas se fueron al locutorio a dar la enhorabuena a María.

El locutorio era una pieza cuadrada y bastante obscura, cortada por una doble reja de hierro. La novicia apareció acompañada de la superiora..., ¿sonriendo tal vez?... Sí, sonriendo.

—¡Qué ejemplo nos has dado de valor y de virtud, María!—le dijo una.

La joven alzó los hombros, en ademán de arrojar de sí la gloria que le echaban encima.