—¡No dejes de pedir por nosotras!
—Sí, pediré, querida... Nosotras—añadió con un poco de énfasis—tenemos la obligación de pedir por los que se quedan en el mundo.
—¡Si supieras cómo lloraban los criados hace un momento!
—¡Pobre gente!... Les quiero yo mucho a todos.
—Aquí tienes a Marta, que quiere despedirse.
—Acércate, Marta... ¿Te vas conformando ya?...
—¡Qué remedio tengo, María!—repuso la niña pugnando por reprimir los sollozos.
—No, hermana mía; es necesario que te resignes con gusto, agradecida al Señor, por el favor que me ha dispensado... Serás buena siempre, ¿no es verdad?... Consuela a papá... No olvides aquellas oraciones que te he dado, ni dejes de leer los libros que te dije... Ven a oír misa todos los días... Procura siempre ser formal y humilde...
¡Ah!, no; Martita no procuraría, no procuraría. Cuando se nace honrada y humilde no hay necesidad de procurarlo. Podía estar tranquila sobre este asunto la esposa del Señor.
El estrecho cuarto donde las dos monjas se hallaban cerca de la reja parecía, por lo feo y obscuro, un calabozo. Sus túnicas resaltaban como dos manchas blancas detrás del negro enrejado.