Las amigas dirigían todas, alternativamente o a la vez, la palabra a María con cierta mezcla de admiración, de lástima, de curiosidad y cariño. Lo que más dominaba era la curiosidad. Se le hacían mil preguntas impertinentes y muchos encargos ridículos de oraciones, medallas, etcétera. Algunos pollos de los antiguos tertulianos de la casa de Elorza se habían deslizado en la concurrencia y contemplaban con grandes ojos abiertos y pasmados a la nueva religiosa, sin atreverse a dirigirle la palabra. Pero ella se mostraba serena y amable y les llamaba por sus nombres con cierta condescendencia protectora, dándoles recuerdos para sus familias. El más osado fue el ceremonioso mancebo del pelo por la frente, quien, abriéndose paso y llegando muy sofocado a la reja, dijo a la novicia, dándole ya su nuevo nombre:
—Hermana Juana, tengo que pedirle un favor..., que me envíe como recuerdo un poquito de azahar de la corona que llevaba...
—Si la madre consiente...—murmuró María dirigiendo la vista a la superiora.
Ésta hizo una seña con la cabeza y el ramito de azahar fue liberal y graciosamente otorgado.
En aquel instante entró la hermana Luisa, aquella monja castigada por su vanidad, y se puso de rodillas; pero ni el más leve soplo de rubor pasó por su rostro. La costumbre de ejecutar tales actos los priva de todo mérito.
Siguió la conversación versando sobre fiestas, novenas que se preparaban, la marcha del vicario que iba nombrado canónigo de la catedral, la persona que le sustituiría, etcétera. Insensiblemente todas fueron bajando el tono de la voz hasta convertirse en un cuchicheo monótono y triste. Más que de enhorabuena parecía una visita de pésame. Continuábase alabando el valor de María y su virtud. ¡Ay Dios mío, el considerar que está una encerrada para siempre y llevando una vida de tanto trabajo!...
La superiora, mirando para ella, exclamaba con cierta sonrisilla no muy tranquilizadora:
—¡Pobrecita!, ¡pobrecita!
Mas la joven, volviéndose con uno de esos arranques graciosos tan propios de su carácter, respondía:
—¡Riquita!, ¡riquita! digo yo, madre.