Poco a poco los muchachos se habían ido acercando a las muchachas, y sin respetar lo sagrado del recinto ni hacer caso de las cruces severas colgadas de los muros, comenzaban a decirse cositas más o menos picarescas al oído:—¿Cuándo sigue usted el ejemplo, Fulanita? La verdad es que si todas ustedes hiciesen lo mismo, ¡qué sería de nosotros!—Pues no dejaría usted de estar linda con el hábito.—Oiga usted, Amparito, si usted se metiese monja, yo quisiera ser vicario.—Pues yo quisiera que usted fuese un poco más formal, Suárez.—¡Cuántos ratos de compañía había de hacerle!... Lo peor es la reja... ¿No se quita la reja para el vicario?...—Calle usted, malvado; mire que es pecado hablar así en este sitio.
Rosarito y su novio se habían apoderado de un rincón y se comían con los ojos, diciéndose sólo de vez en cuando alguna palabra insignificante que la inflexión de la voz y el temblor de los labios hacían subir a la categoría de sentencia sublime. Sólo las viejas y algunas chicas que no habían logrado emparejarse, seguían charlando con las monjas. Al fin, la superiora se levantó de la silla y María siguió su ejemplo.
XVI
EL SUEÑO DEL MARQUÉS DE PEÑALTA
El traslado del joven teniente de artillería Ricardo de Peñalta no acababa de llegar. Se había solicitado quince días antes de la toma de hábito de la señorita de Elorza. Era ya pasado un mes desde la ruidosa ceremonia... y nada. Los personajes influyentes que nuestro amigo tenía en Madrid a su devoción, no se habían dado mucha prisa esta vez a satisfacer sus deseos.
¿Pero por qué este muchacho tenía tales deseos de alejarse de Nieva? Dicho sea en honor de la verdad, Ricardo cuando pidió el traslado sentía ganas vehementes de perder de vista para siempre aquellos lugares, donde tan feliz había sido y donde iba a ser tan desgraciado; mas ahora, después de transcurrido un mes, se habían calmado un tanto sus congojas y andaba cerca de acostumbrarse a su desgracia. No obstante, seguía muy abatido. Toda la villa lo advertía.
Desde el día en que le hizo aquella horrible proposición, que no podía recordar sin sentirse inflamado de cólera, comprendió que no sería dueño jamás del corazón de María. Una voz secreta e implacable se lo estaba diciendo sin cesar al oído. Así que no le causó gran sorpresa la carta en que se le notificaba la entrada en el convento. Hacía ya algún tiempo que corría este rumor en la población. Sin embargo, no pudo sustraerse, por más que hizo, a un dolor vivo y agudo y a un abatimiento que postró todas sus fuerzas. No es lo mismo la persuasión más o menos fundada de que la mujer querida no le corresponde a uno, que verlo confirmado por un hecho material y tangible. Ni aun le quedaba el derecho de encolerizarse y desahogar su rabia apellidándola pérfida, traidora, como acontece en la mayoría de los casos. Como cristiano sincero que era, le tocaba ver con paciencia, hasta con gusto (la carta bien lo decía), aquella piadosa sustitución de afectos terrenales, aunque nobles, por otros divinos y sublimes. María no era culpable de nada, absolutamente de nada. Su conducta, digna de elogios; y advertía que la villa entera los tributaba espontáneos y calurosos. Quizá en esta idea encontraba el joven marqués el único consuelo posible. Porque lo cierto era que la hermosa joven no le había dejado por ningún otro hombre, sino por seguir el áspero camino que conduce al cielo, para lo cual indudablemente debió necesitar hacerse gran violencia. Y en esta violencia cifraba nuestro marqués un poquito de orgullo, pensando con deleite y dolor al mismo tiempo en los esfuerzos que la nueva esposa de Jesús haría para arrancar las raíces de afecto tan sólido y antiguo.
Mas por entre el hermoso follaje de estos pensamientos, más o menos consoladores, sacaba no pocas veces su odiosa cabeza una idea triste y cruel. Aunque procurase todos los medios para alejar de sí tal idea, no podía menos de pensar muy a menudo que María jamás le había profesado un amor sincero y vehemente como el suyo; que había sido su novia por compromiso, por el influjo de las circunstancias especiales en que ambos se encontraban en Nieva; que tal vez ella se había engañado a sí misma, pensando quererle, pues si le hubiese amado realmente, nunca le hubiese venido la idea de meterse en conspiraciones ridículas ni mucho menos en proponerle odiosas traiciones; que María era una joven de mucho talento y gran imaginación, a propósito para brillar en el mundo o para acometer cualquier empresa religiosa o profana, con tal que fuese elevada, pero incapaz, tal vez por lo mismo, de la ternura de sentimientos, de la constancia, de la abnegación modesta y obscura que deben poseer las buenas esposas y madres. En fin, Ricardo presumía que su amada tenía más cabeza que corazón, o él no sabía lo que se pescaba.
Y poco a poco y a impulso de estas dudas que andaban cerca de ser certezas, nació en su espíritu cierto desvío del amoroso recuerdo que le embargaba. Cuando pensaba en la María de otros tiempos, tan alegre, tan gentil, tan bulliciosa, solía enternecerse y derramaba lágrimas. Cuando el pensamiento se enderezaba al día en que, escondido detrás de las cortinas, la vio cruzar impasible y sonriente por delante de su casa sin dirigir siquiera una mirada a los balcones, se llenaba su corazón de amargura no exenta de rencor. Y cuando la veía en la imaginación en hábito de monja bernarda, por entero olvidada de aquellas dulces escenas que habían sido el encanto de su vida, despreciándolas tal vez, y aborreciéndolas cual si fueran delitos, nuestro joven—¡que Dios le perdone el pecado!—llegaba a mirar con ojeriza a la esposa de Jesucristo. Estas dudas que sin cesar le asaltaban eran para su pasión un verdadero cauterio, doloroso y cruel como todos, pero de muy saludables efectos.
No dejó por un instante de frecuentar la casa de Elorza como antes; acaso más que antes. Había allí dos seres a quienes compadecer y que le compadecían. Además era un hábito el pasar algunas horas del día entre aquellas cuatro paredes, y no sólo hábito, sino deber de reconocimiento por el cariño que se le dispensaba, y no sólo deber, sino también, ¿por qué no hemos de decirlo?, también gusto, mucho gusto, pues no podía dejar de tenerlo en hacer compañía a un caballero tan cumplido como don Mariano, que le había dado pruebas de amarle como a hijo, y a una niña tan buena y hermosa como Marta, a quien quería como hermana. El dolor había estrechado aún más el parentesco de sus corazones. A medida que el recuerdo de María se iba haciendo menos grato, hallaba más dulce el cariño de aquella familia y se agarraba a él como a la última tabla, en el naufragio de sus esperanzas. Si dejaba escapar esta tabla, quedaría solo. ¡Solo, solo! Esta palabra le traía a la imaginación la horrible noche pasada en el tren cuando vino a Nieva después de la muerte de su madre. El destino cruel volvía a pronunciarla en sus oídos cuando menos lo pensaba. Al fin, mientras permaneciese en Nieva, no sonaba tan triste y desconsoladora, porque todo lo que veía y tocaba en su casa le hablaba de la ternura de su madre, cuando tropezaba en la de Elorza le recordaba el amor de María; pero ¿y después?... ¿Qué le dirían los campos yermos de Castilla por donde la rauda locomotora le haría cruzar? ¿De qué le hablaría la indiferente muchedumbre en las calles de Madrid?... Por eso, Ricardo temía ya, más que deseaba, el traslado que con tanta precipitación había pedido.