Todos los días al entrar en casa de Elorza le preguntaba Martita:
—¿Ha llegado eso, Ricardo?
A las pocas veces repuso entre risueño y enfadado:
—¿Acaso tienes ganas de que me vaya, Martita?
—¡Oh, no!...—dejó escapar la niña con una inflexión de voz que valía por un poema.
Pero Ricardo no acertó a leerlo. Estos náufragos del amor, estos hombres heridos de un desengaño, no saben leer más poemas que el suyo.
Después de la muerte de su madre, en cuya enfermedad tanto le ayudó y consoló Ricardo, Marta volvió a tratarle con la misma confianza y cariño que antes, un poco entibiados desde hacía algún tiempo. La hija menor de don Mariano había atravesado por una terrible crisis, que nadie sospechó siquiera en la casa. Mientras duró se hizo un poco arisca en el trato, más inquieta, más seria y reservada. Pero al fin su espíritu firme y su temperamento sano y equilibrado salieron vencedores. La muerte de doña Gertrudis, que era una desgracia más grande y positiva que todas las demás, contribuyó no poco a calmar las inquietudes y desórdenes de su corazón. Volvió a ser la misma Marta tranquila, serena y cariñosa de antes, atenta siempre a desembarazar de obstáculos el camino de los otros aunque el suyo estuviese cerrado por un muro infranqueable. ¡Dichosos los que en la vida tropiezan con estos seres benditos que fundan su felicidad en la ajena, que ofrecen las flores y se quedan con las espinas!
Ricardo pasaba largas horas en casa de Elorza. Las tardes, sobre todo, las dedicaba enteras a don Mariano y su hija, saliendo con ellos de paseo cuando hacía buen tiempo, y permaneciendo en casa cuando llovía. Algunas veces iba también por la mañana y entonces don Mariano solía invitarle a comer. Mientras Ricardo rehusaba y el caballero insistía, Marta no despegaba los labios, pero se advertía en su rostro la zozobra y en los ojos suplicantes el vivo deseo de retenerle. Cuando al fin aceptaba, ¡era de ver la alegría de la niña y la solicitud con que todo lo preparaba, entrando y saliendo en la cocina infinitas veces, improvisando los platos que sabía más del gusto del joven marqués y poniendo en movimiento a la servidumbre! El beefsteak a la inglesa, porque Ricardo se había acostumbrado allá por Madrid a comerlo un poco crudo; el pescado frío, el arroz suelto, la raja de limón (Ricardo echaba limón a casi todos los manjares), la mostaza inglesa, las aceitunas, etc., etc. Pero donde Marta ponía los cinco sentidos era en el café. Ricardo era un árabe, un sibarita en materia de café. Por eso la niña concedía un cuidado más atento y vigilante a la confección de este líquido que un químico analizando cualquier metal precioso. Mientras iba y venía disponiéndolo todo, el joven no cesaba de bromearla en el mismo tono cariñoso de los primeros tiempos, y eso que Marta, aunque de corto todavía, era ya una verdadera mujer, y no de las menos lindas, como hemos tenido ocasión de decir. Había crecido poco, no obstante.
—¡Anda, taponcito! ¿Cuándo acabas de estirar?—le decía Ricardo, reteniéndola por una de sus trenzas, cuando cruzaba por delante de él. La niña sonreía, encogiéndose de hombros, y proseguía su camino.
Desde el día en que se enfadó, Martita no volvió a preguntarle por el traslado; pero todos al entrar en casa le dirigían una mirada penetrante y ansiosa, queriendo leer en su rostro alguna noticia. Como no la había, la niña se tranquilizaba, tornando a la obra, que rara vez dejaba de tener en las manos. Ricardo tampoco hablaba para nada de partir. O no se acordaba de su petición, o afectaba no acordarse, o no quería acordarse. Tal vez hubiese de todo un poco. El marqués de Peñalta había pasado desde el desconsuelo a la melancolía, y de aquí iba paulatinamente dejándose ir a las sensaciones dulces. Aquella habitación, donde Marta cosía, inspiraba ideas risueñas de amable sosiego y felicidad.