Una mañana, como si fuera la cosa más natural del mundo, como si la noticia no desgarrase el corazón de nadie, como si se tratara de algo baladí y de poco momento, Ricardo entró en casa de Elorza, diciendo:
—Esta noche me ha llegado al fin el traslado para Valencia.
¡Ciego, ciego! ¿No ves la palidez de esa niña? ¿No observas el estremecimiento doloroso que corre por su cuerpo? ¡Mira que va a caer! ¡Corre, corre a sostenerla!...
Nada; no echó nada de ver el joven marqués. Él también estaba un poco pálido. El tono indiferente con que comunicó su noticia era pura comedia, porque aquella noche había dado vueltas en la cama hasta fatigarse, y las luces de la aurora le sorprendieron sin conseguir pegar los ojos.
Don Mariano hizo un gesto de disgusto, exclamando:
—¡Vaya por Dios, hijo, vaya por Dios!... Siento que te nos marches ahora... En fin, si es tu gusto...
Ricardo guardó un silencio sombrío. De buena gana hubiese exclamado: «¡Qué ha de ser mi gusto! ¡Mi gusto sería pedir la absoluta en este momento, y quedarme aquí para siempre y vivir tranquilamente al lado de ustedes; ¡de ustedes, que son las personas a quienes más amo en este mundo!» Pero tuvo la flaqueza de callarse, y estas flaquezas suelen costar muy caras en la vida.
—¿Y cuándo piensas irte?—preguntó el caballero.
—Mañana mismo. Necesito detenerme en Madrid algunos días para arreglar ciertos asuntos. A Valencia llegaré el diez del que viene.
—¿Vas a algún regimiento?