Ricardo estrechó con más fuerza su mano. Marta apretó con más fuerza su cuello.

Hubo algunos instantes de silencio, durante los cuales todos los ángeles del cielo desfilaron por la salita que bañaba el sol de la mañana, posando sus ojos radiantes de alegría en aquel grupo interesante. Mas he aquí que Martita separa un poco el rostro de su padre, y sonriendo al través del llanto pregunta cándidamente a su amado:

—¿Comerás hoy con nosotros, Ricardo?

—Sí, preciosa mía—responde el joven marqués cayendo de rodillas y besando con efusión las manos de la niña—, comeré hoy, y mañana y pasado... y siempre...

Marta volvió a ocultar el rostro en el pecho paternal. ¡Tenía el corazón tan lleno de felicidad! Los tres lloraban en silencio.